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Maduro podría seguir con apoyo internacional – Luis Fuenmayor Toro

El señor Todd Robinson, encargado de negocios de EEUU en Venezuela, declaró recientemente en entrevista radial que “hay varias teorías sobre los resultados de las elecciones y al final los venezolanos van a decidir si las elecciones tienen credibilidad o no, y nosotros vamos a esperar la decisión de los venezolanos”. Esta afirmación le da un vuelco a la posición pública hasta ahora mantenida por EEUU´, sobre las elecciones presidenciales del 20 de mayo próximo, pues el desconocimiento de las mismas no estaría planteado desde ya, sino esperaría por su realización y sus resultados.

Hasta ahora, el gobierno del presidente Trump sostenía el desconocimiento de las elecciones presidenciales, aun antes de conocerse sus resultados, por calificarlas como ilegítimas y fraudulentas. Las juiciosas declaraciones de Robinson fueron descalificadas por el agresivo senador republicano Marcos Rubio, quien negó que existiera un cambio en la posición de Trump y de su gobierno sobre el régimen de Nicolás Maduro. En todo caso, amenazó, los cambios podrían producirse en la jefatura de la Embajada de su país en Caracas, dejando ver la posible destitución del señor Todd Robinson.

Es difícil pensar que las declaraciones señaladas reflejen sólo la opinión del diplomático. Venezuela tiene años de conflicto declarativo con el gobierno norteamericano y el país y muchos de sus gobernantes han sido sometidos a sanciones económicas. Debe recibir una atención específica del más alto nivel gubernamental, por lo que cualquier cambio en la política debe ser aprobado en ese nivel. La posición del encargado de negocios, en este momento la persona de mayor rango en la embajada, no puede tener un carácter circunstancial. La rabiosa respuesta del senador Rubio, obedece a las contradicciones internas sobre la materia y debe ser parte de las presiones de sectores del Partido Republicano sobre el propio Trump.

Este hecho obliga a reexaminar los posibles escenarios políticos futuros y requiere comprender que en el proceso venezolano no está dicha la última palabra. Aquéllos que han impulsado con vehemencia la intervención militar externa, disfrazada o no de ayuda humanitaria, deberían deliberar al respecto, pues fácilmente pueden, en un abrir y cerrar de ojos, quedar fuera del juego político, totalmente aislados, abandonados por el imperio norteño y frente a desenlaces inesperados. Surge un escenario por el que no se han paseado y es que Nicolás Maduro, victorioso en la elección presidencial, haya llegado a un acuerdo de convivencia con EEUU aceptable para estos, y pueda continuar gobernando hasta 2024.

Maduro bien podría seguir garantizando la explotación de nuestras riquezas naturales por empresas estadounidenses en términos muy desfavorables para el país o incluso extender las concesiones otorgadas. Y, más importante aún, pudiera dar garantías de que su gobierno no participará en alianzas geopolíticas extra continentales contrarias a EEUU. Su triunfo sería entonces reconocido y sufriríamos su segundo gobierno. El país continuaría su debacle y se profundizaría el sufrimiento de los venezolanos. La única forma en este momento de tratar de evitar este odioso escenario sería el voto masivo por Henri Falcón y la derrota de la claque gobernante.

El triunfo de Henri Falcón permitiría salir de quienes han llevado al país al desastre y orfandad totales; ya esto sería positivo para Venezuela. Lograría el reconocimiento internacional poniendo fin al peligro de una intervención externa; otro punto positivo muy importante. La sobrevivencia de Falcón lo llevaría a hacer una gestión de gran amplitud, amplio consenso e integrada por gente honesta y muy capaz, única forma de enfrentar con éxito la gravísima situación actual; otro punto positivo a su favor. Está en manos de los venezolanos salir a votar masivamente y derrotar a Nicolás Maduro en las urnas, para iniciar de inmediato la recuperación del país, proceso duro, difícil y largo. No votar es someterse al eventual triunfo de Maduro dentro de un arreglo con el gobierno de EEUU, cuyo pragmatismo es más que conocido y no le importa el bienestar del pueblo venezolano.

Qué viene en Cuba después de los Castro – Carlos Alberto Montaner

El jueves 19 de abril Raúl Castro deja a Miguel Díaz-Canel la presidencia del Consejo de Estado. Cuba, formalmente, posee un gobierno designado por el Parlamento. En realidad es una dictadura familiar, pero el presidente es legalmente elegido por una cúpula (el Consejo de Estado), aparentemente segregada por la Asamblea Nacional del Poder Popular, en la que todo (supuestamente) está atado y bien atado. Cierta oposición trató de postular a algunos candidatos, pero le fue imposible. No permitieron ni siquiera a uno. Con la tiranía no se juega.

Díaz-Canel (D-C) tiene 57 años, es ingeniero electrónico de profesión y llega a la presidencia por recomendación de José Ramón Machado Ventura, un médico de la total confianza de Raúl Castro, que durante muchos años estuvo a cargo del Partido Comunista. En esa nada artificial división entre fidelistas y raulistas, D-C es un raulista, seleccionado, en primer lugar, por sus características: es un apparatchik discreto, pragmático, y nada dado a las innovaciones, rasgo muy perseguido por los inquisidores en todas las épocas.

Hace pocos meses la Seguridad del Estado puso en circulación un video, supuestamente filtrado, en el que D-C comparecía recitando un catecismo colectivista absolutamente conservador, concebido para tres fines: comprometer al heredero con esas posiciones reaccionarias, tranquilizar directamente al pequeño grupo de estalinistas que rodea a Raúl, y rebajar las múltiples expectativas reformistas de la sociedad cubana para que nadie se entusiasme con el cambio. La fórmula gatopardiana mantiene toda su vigencia en Cuba: propiciar un cambio para que todo siga igual.

¿Qué pretende Raúl Castro con el no-cambio? Pretende viabilizar la inevitable llegada al poder de una nueva generación, nacida después del triunfo de la revolución (D-C es un “chiquillo” de 57 años), pero a condición de que no modifique nada sustancial del régimen creado por su hermano Fidel y un puñado de secuaces. Como todos los dictadores, Raúl quisiera que el tiempo se detuviera en el momento en el que ellos se entronizaron en la historia. Simultáneamente, trata de generar en los suyos, en su familia, en sus amigos, una cierta seguridad de que el destino será benévolo con ellos cuando él no esté para garantizarlo. Al fin y al cabo muy pronto cumplirá 87 años.

¿Es eso posible? Por supuesto que no. Están dadas todas las condiciones para que se produzca un cambio de régimen. En primer lugar, la sensación de fracaso es generalizada. La improductividad del sistema es terrible. Ninguno de los baremos con que se mide la calidad mínima de vida resiste el menor análisis: vivienda, electricidad, transporte, alimentación, agua potable, vestimentas. Cuba ha involucionado en casi todos los aspectos de la convivencia. A lo que se agrega el miedo pertinaz, la falta de derechos y la desagradable necesidad de mentir que tienen todos los cubanos para sobrevivir en una sociedad totalitaria. Ni material ni emocionalmente es grato vivir en Cuba. Por eso los jóvenes sueñan con escapar.

¿Cuándo comenzará el cambio de régimen? El primer paso es la asunción de D-C. Aunque jure y perjure que será leal al legado de los Castro, y aunque se lo crea, el entorno administrativo del país y el conjunto de la sociedad quisieran una transformación radical cuanto antes. ¿En qué consiste? Esencialmente, en liberar las fuerzas productivas de la nación, en desatarles las manos a los emprendedores para que creen y acumulen riqueza, inviertan y sean poderosos, aunque termine la empobrecedora superstición del igualitarismo.

La idea de un núcleo económico central, manejado por el Estado y administrado por los militares, en el que existen unas 2,500 empresas generadoras de divisas, carece de espontaneidad, flexibilidad y es un camino seguro al desastre y a las mentiras contables, como se ha demostrado en las auditorías. El modelo de los “lineamientos” castristas no funciona. La idea de un sector privado de cuentapropistas dedicado a servirle al Estado como tributario, como colocador de empleados supernumerarios y contribuyentes al fisco, es una total imbecilidad.

Después de 60 años de disparates los cubanos saben que no hay sustituto para el mercado, la libertad económica y la propiedad privada. Como saben que el único régimen, pese a sus imperfecciones, que puede garantizar la transmisión organizada de la autoridad, y que puede purgarse y transformarse sin violencia, es el Estado de Derecho salido de la Ilustración, ya sea como república o como monarquía parlamentaria. Por ahí irán los tiros. Aunque D-C se oponga. Por ahí va la historia.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

¿Qué hará Trump en la Cumbre de las Américas? – Andrés Oppenheimer

Cuando el presidente Trump haga su primer viaje a Latinoamérica para participar en la Cumbre de las Américas del 13 de abril en Lima, Perú, podría cometer un error garrafal: acaparar los titulares como el crítico más duro del dictador venezolano Nicolás Maduro.

Eso es exactamente lo que más quisiera Maduro: que Trump –quien según las encuestas es el presidente estadounidense más impopular en América Latina de la historia reciente– se convierta en el líder regional de la causa por la democracia en Venezuela.

Si Trump hace eso, Maduro lo usará como munición propagandística para su narrativa de que el desastre humanitario de Venezuela es el resultado de una supuesta “agresión yanqui”, en lugar de ser producto de su desastrosa gestión.

La Cumbre de las Américas del 13 al 14 de abril será clave para el futuro de Venezuela, entre otras cosas porque tendrá lugar poco antes del fraude electoral que Maduro está cocinando para el 20 de mayo.

El tema oficial de la cumbre será la lucha contra la corrupción. Irónicamente, Perú, el país anfitrión, está intentando salir de su más reciente crisis política por temas de corrupción. El ex presidente Pedro Pablo Kuczynski renunció el 21 de marzo tras nuevas acusaciones en el escándalo de corrupción de Odebrecht.

El nuevo presidente peruano, Martín Vizcarra, ha mantenido la decisión de su predecesor de no invitar a Maduro a la cumbre. Sin embargo, el presidente venezolano ha prometido aparecer en la reunión “llueva o truene”.

A juzgar por lo que escuché de fuentes diplomáticas y líderes de la oposición venezolana, la Cumbre considerará una declaración que expresaría la “grave preocupación” de la región por la situación en Venezuela, y pediría sanciones regionales contra el régimen de Maduro.

Pero es probable que esa declaración sea aprobada como un acuerdo paralelo de Estados Unidos, México, Brasil y otros países, en lugar de como parte de la declaración final de la cumbre. La declaración final debe ser aprobada por consenso, y países como Cuba y Bolivia ya han declarado que se opondrán a cualquier condena a Maduro.

Los líderes de la oposición venezolana están pidiendo que las democracias de la región incluyan los siguientes puntos en su declaración sobre Venezuela:

▪ Un compromiso de no aceptar los resultados de las fraudulentas elecciones venezolanas del 20 de mayo. Maduro, que se postula para la reelección, ha prohibido que los líderes de la oposición y los principales partidos opositores participen en la contienda.

▪ Un acuerdo para intensificar las sanciones individuales contra altos funcionarios venezolanos. Estados Unidos y Canadá ya han ordenado congelar los fondos y anular visas de entrada de altos funcionarios del régimen de Maduro, pero la mayoría de los países latinoamericanos aún no lo han hecho.

▪ Un plan para establecer un fondo de apoyo internacional para los refugiados venezolanos en Colombia, Brasil y otros países. Más de 2,5 millones de venezolanos han huido de Venezuela en los últimos años.

La Cumbre sera un momento clave para el futuro de Venezuela, porque el tiempo podría estar corriendo a favor de Maduro. Será la mejor –y quizás la última– oportunidad para que América Latina presione seriamente a Maduro para restaurar la democracia en Venezuela.

En los próximos meses, habrá elecciones en Brasil, Colombia y México, que podrían cambiar el mapa político de la región. En México, por ejemplo, una victoria del líder izquierdista Andrés Manuel López Obrador –que está primero en las encuestas– en las elecciones del 1 de julio casi seguramente resultaría en una postura menos crítica de ese país hacia el régimen de Maduro.

¿Qué hará Trump en la cumbre? Ojalá pueda resistir la tentación de colocarse en el centro del escenario de la crisis venezolana. Eso solo ayudaría a alimentar el relato de Maduro de que la crisis de Venezuela es producto de una confrontación entre Estados Unidos y Venezuela, en lugar de ser el resultado de una de las dictaduras más corruptas, ineptas y represivas de la historia reciente de América Latina.

Trump debería acompañar, quizás incluso liderar desde atrás, pero nunca convertirse en el líder de los esfuerzos diplomáticos para restaurar la democracia en Venezuela.

“OPPENHEIMER PRESENTA”

No se pierdan el programa “Oppenheimer Presenta”, los domingos a las 8 p.m. en CNN en Español. Twitter @oppenheimera

Una primera reflexión sobre la candidatura de Falcón – Luis Fuenmayor Toro

Hemos venido trabajando, desde por lo menos 2009, en abierta confrontación con la llamada polarización electoral venezolana. La consideramos una construcción sociopolítica en parte heredada del antiguo bipartidismo adeco copeyano, asumida como propósito por el Gobierno de Chávez, interesado en dividir al país en dos bloques: quienes lo apoyaban y quienes lo adversaban. Pero esto no lo hizo solo, para ser exitoso en esta materia, que lo fue, debió contar con el consenso de los partidos políticos derrotados en 1998 y sus herederos. Sólo así se pudo establecer un control social y político de la población, que llegó a considerar como únicas a las dos fuerzas mediáticamente enfrentadas. Y digo mediáticamente, porque los medios de comunicación alentaron esta situación artificialmente construida y porque, en la práctica, la llamada polarización no evitó los acuerdos nacionales y regionales entre el gobierno y aquella oposición, ni tampoco paralizó los negocios conjuntos para apropiarse de la renta petrolera.

La polarización, a través de su instrumento: la Ley Orgánica de Procesos Electorales, sirvió ampliamente al gobierno para mantener control de los organismos legales deliberantes del poder público, con mayorías calificadas que les permitían actuar con prescindencia de quienes se les opusieran. A esa oposición le permitió mantenerse en la escena política como la alternativa al gobierno, en espera de tiempos más propicios. La ignorancia e incapacidad gubernamentales, junto con el sectarismo y la corrupción, favorecieron la llegada de otros tiempos, a pesar de los graves errores de las políticas opositoras. Y todo ello se manifestó en diciembre de 2015, donde el mismo sistema electoral de carácter mayoritario, le permite a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) obtener todas las mayorías necesarias de la Asamblea Nacional, para decidir con prescindencia de los votos de la bancada gubernamental. Y eso se logra con sólo tener una diferencia en votos del 14 por ciento sobre la votación del Partido Socialista Unido de Venezuela.

A partir de ese momento, y acelerado por el engolosinamiento político de la MUD y su decisión de utilizar esas mayorías para desplazar del poder en forma inmediata a Nicolás Maduro, el gobierno asume la decisión de no participar en procesos electorales en los cuales no tenga cierta seguridad de triunfar. Mediante la utilización del poder del Estado, el gobierno elimina la mayoría absoluta opositora de la Asamblea Nacional desincorporando a los diputados de Amazonas, se opone a las leyes aprobadas por el Poder Legislativo con decisiones aviesas e ilegales del Tribunal Supremo, que las declara inconstitucionales; interfiere y termina difiriendo la realización del referendo revocatorio presidencial, inhabilita líderes políticos a través de la Contraloría General o con decisiones judiciales malintencionadas y fija las elecciones de gobernadores y alcaldes en fechas impropias, colocando además obstáculos para la existencia y actividad normal de los partidos políticos de oposición.

El Presidente ha podido ejercer, en esta forma arbitraria el poder del Estado, porque hasta ahora ha tenido el apoyo de los cuadros militares que controlan la FANB. El desarrollo de este contexto nacional permite e impulsa la aparición de la injerencia externa en nuestros asuntos, la cual es solicitada en mayor o menor grado por la MUD y sus sectores más radicales, estos últimos hoy separados de ella. El escenario actual incluye sanciones económicas y judiciales contra el país y contra una gran cantidad de funcionarios gubernamentales, el desconocimiento del resultado de las elecciones a realizarse en mayo y la posibilidad de una intervención militar por la vía del corredor humanitario. Es en esta situación que tres partidos lanzan la candidatura de Henri Falcón, reivindicando con esa decisión algo muy importante: la MUD y su mutante actual el Frente Amplio Venezuela Libre no son la única oposición existente en Venezuela, ni tienen ningún derecho ni gestión exitosa ninguna para asumirse con tal.

Otros grupos políticos también decidieron asumir el reto y lanzar candidatos presidenciales: la Unidad Política Popular 89 con Reinaldo Quijada y el Frente Amplio Nacional Bolivariano con el general® Francisco Visconti, quienes independientemente de tener mucho menores fuerzas que la alianza de Henri Falcón son bienvenidos en su decisión. Hay por lo tanto varias oposiciones en el país y, aunque este hecho le disguste a la oposición polarizada porque interfiere con sus planes hegemónicos, ésta es una nueva realidad que deben tener en cuenta. Es una victoria contra la polarización excluyente establecida durante la mayor parte de los últimos 19 años. Y ya por eso, la candidatura de Falcón resulta atractiva a quienes queremos que la pluralidad se pueda expresar en Venezuela.

Se entiende que la candidatura de Falcón deba extender sus brazos en busca de apoyos mayores a los actualmente obtenidos. Para ello debe actuar con gran amplitud y conversar con todo el mundo. Lo ideal sería un candidato único capaz de derrotar por paliza a Nicolás Maduro. Hay que buscar apoyos dentro de los inicialmente partidarios del Frente Amplio Venezuela Libre y también dentro de las filas chavecista, disidentes o no. Se trata de lograr un consenso mayor, desde el punto de vista cualitativo, que el que en un momento llegó a tener Capriles Radonski. Y eso no se puede lograr asumiendo el programa de la MUD, en el cual habrá propuestas que son de sentido común y habrá que asumirlas plenamente, pero en el que existen muchas carencias y algunas fidelidades ajenas al interés nacional, que deben ser subsanadas en forma temprana. Volveremos sobre esta materia.

El asalto del poder – Carlos Canache Mata

Con el título de este artículo, Raymond Cartier escribió un libro sobre la conquista del poder por Hitler. El jefe nazista juró, el 30 de enero de 1933, como Canciller de Alemania ante el presidente Hindenburg, diez años después del fracaso del ‘putsch’ de la cervecería de Munich. Fue el fin de la República de Weimar, aunque su Constitución no fue formalmente derogada. Poco tiempo después, Hitler concentraría en su persona el poder absoluto.

El chavismo y sus causahabientes se han tomado un tiempo más largo, 19 años, para destruir las instituciones y alcanzar el control total del poder. Han tenido también su ´putsch’ del 4 de febrero de 1992 y su posterior acceso pacífico al gobierno. Lo primero que se hizo fue ponerle la mano al Tribunal Supremo de Justicia y después se ha ido arrasando con otras instancias del Estado. Lo que se ha instalado en el país no es una dictadura convencional, sino una de claro talante totalitario, sin separación de poderes, con impunidad asegurada para sus desafueros y fechorías.

Ejemplo de lo anterior es el hecho de que la justicia venezolana se cruza de brazos ante la ya conocida y ahora renovada denuncia de la participación del gobierno de Maduro en los negocios turbios de la empresa constructora brasileña Odebrecht. La conocida agencia AFP, el día 26 de este mes, reportó desde Sao Paulo que “a cambio de 35 millones dólares para la campaña de 2013, el presidente Maduro daría ‘prioridad’ para que recursos extraordinarios cubriesen las obras de Obredecht” (diario Stadao, 25-03-2018), entre las que se mencionan la ampliación del Metro de Caracas y un teleférico. Mientras aquí en Venezuela no pasa nada, por los escándalos de Odebrecht está enjuiciado el ex-presidente brasileño Lula da Silva, está preso el ex-presidente peruano Ollanta Humala, y tuvo que renunciar el también presidente peruano Pedro Pablo Kuczyinski.

La camarilla civil-militar que se ha adueñado del poder en nuestro país cree que lo ejercerá sin fecha de caducidad. La presidenta de la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente declaró el pasado 16 de este mes que “nosotros más nunca entregaremos el poder”. En el marco de ese propósito, ante la necesidad de guardar apariencias democráticas de cara a la comunidad internacional, se ha programado la parodia electoral presidencial del próximo 20 de mayo, en la que no participarán los partidos fundamentales de la oposición, algunos de ellos inhabilitados o ilegalizados. Con toda razón, la ONU ha hecho saber que no enviará una misión de observación a la farsa comicial convocada por los que se autoproclaman protagonistas del llamado “socialismo del siglo XXI”.

Yo jamás he creído que el chavismo sea “socialista”. El propio Chávez declaró: “Yo nunca leí El Capital”, y, a pesar de que él, como sus sucesores, masajeaba crucifijos, añadió: “¿Soy cristiano? No, no conozco la teoría cristiana, ni la practico” (Habla el Comandante, Agustín Blanco Muñoz, página 398).

Aquí, en realidad, sin pujos ideológicos, lo que ha habido y hay es un asalto del poder.

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