UNA CIUDAD CON NOMRE DE MUJER  – Juan Jesús Armas Marcelo

En “Testamento del pez”, Gastón Baquero rinde pleitesía de amor a La Habana, la gran ciudad mágica del Caribe (que no está en el Caribe, sino en el Atlántico, como recordaba con sorna intelectual Guillermo Cabrera Infante).

Baquero saca a pasear por la superficie del mar cercano a La Habana a un pez que se queda hipnotizado ante la belleza de la ciudad. La Habana es la protagonista del poema, pero el pez que habla y canta su canción de amor es un símbolo de la visión del poeta. Así ha sucedido con cientos de poetas, buenos y malos: La Habana los ha enamorado nada más poner los pies en sus tierras. Tengo esa experiencia: he escrito y publicado tres novelas sobre Cuba con La Habana como protagonista central de los relatos. “Yo me amo, ciudad”, cantaba desde el mar, con los ojos de animal de fondo puestos en la belleza sin igual de la bahía de La Habana, el pez de Baquero. A mí me ha pasado lo mismo, a cientos de escritores, desde poetas a ensayistas, desde sabios a patanes, todos hemos quedado enamorados de La Habana y le hemos reclamado su amor.

El poeta Caupolicán Ovalles, el insurrecto, el rebelde, el loco lúcido, el escritor dipsómano, el juerguista divertido, todo Ovalles quedó enloquecido con La Habana. El poeta venezolano supo desde el principio que era muy difícil conquistar a esa mujer con nombre de ciudad, o a esa ciudad con nombre de mujer: esa mujer-ciudad. Supo, por lo tanto, que la suavidad de la palabra, unida al sentimiento y a la pasión, era indispensable para esa declaración de amor a sus cielos, a sus tierras y a sus gentes que describen y delatan los poemas de este libro inédito que ve la luz ahora para demostrarnos que el poeta no murió, que el poeta vive en sus palabras, perplejo como el pez de Baquero ante la ciudad-mujer, o ante la mujer-ciudad: La Habana.

Me hubiera gustado haber vivido uno de mis viajes con Caupolicán Ovalles a la capital de Cuba, la tierra verde de manigua y roja de tabaco, la tierra a la que Federico García Lorca llamó “una cintura caliente”. “La Habana es Cuba y lo demás es paisaje”, dicen desdeñosos los habaneros capitalinos: pero el paisaje del resto de la isla-caimán también es una epifanía edénica y única. Digo que me hubiera gustado vivir la aventura habanera de Ovalles junto al poeta, en aquellos momentos todavía de exaltación de la Revolución que después fue virando en sus entrañas para destruir la esperanza de tantos seres humanos dentro y fuera de Cuba. Hubiera sido un redescubrimiento de La Habana recorrer las calles de esa ciudad inmensa de amor, caminar por sus cielos y arrabales, mirar la hora que es sin destemplanza del tiempo, observar la geografía callejera, participar del son, del bolero: de la música que surge como un géiser islandés del fondo de todas sus esquinas. “Yo te amo, ciudad”, escribió el poeta Baquero y Ovalles sigue ese camino sin desviarse de la lírica sentimental del amor: la mujer-ciudad, o la ciudad-mujer, o la mujer y la ciudad, o viceversa, la ciudad y la mujer, las mujeres, los nombres de las mejores, su piel, sus labios, sus ojos, sus cabellos. Ciudad y mujer juntas en la aventura habanera y literaria del poeta que ahora, años después de irse, resucita en estos poemas suaves como una caricia en los labios de La Habana, suave como un roce de dedos en un instante mágico. Ahí está la vaina: el poeta se desnuda delante de la ciudad y reclama amor a través de lo que más quiere, la poesía, su poesía. El insurrecto cae, como el pez de Baquero, rendido ante la visión y la sensualidad de La Habana. Y escribe su declaración de amor. Muchos años más tarde, ese amor sale a flote y se confiesa amante de la ciudad amorosa, amante de la ciudad de Lezama Lima y de Gastón Baquero, amante mágica de la literatura y, sobre todo, de la poesía.

Aquí, en este libro de poemas, está la huella indeleble del amor del poeta ante La Habana, la gran señora de la música y de la vida, a veces negra, a veces blanca, siempre mulata, siempre mestiza, como su música, como sus músicos, de dónde son, de La Habana. Cada uno de los poemas, suaves, rápidos, caricias, son la música del poeta venezolano en plena orgía de amor, en plena locura ante el descubrimiento de la vida, de la ciudad, de sus gentes, sus colores, su gentío hablador: en cada esquina un tono en la voz distinto al otro. En cada esquina, una voz de un poeta anónimo, que no sabe que es poeta, y canta sin embargo el poema, como si lo fuera. La Habana, la poesía, el poeta viajero que se enamora y escribe, describe y dibuja su amor en los poemas que ahora se publican. El insurrecto enamorado ante La Habana; el Padre de la Patria de la República del Este en la leyenda de los amantes eternos de La Habana.

Me hubiera gustado correr esa aventura lírica y sensual con Caupolicán Ovalles en La Habana. Me hubiera gustado vivir en La Habana una larga temporada. Me hubiera gustado que estos poemas de Ovalles fueran míos: se los habría robado entonces, hace ya tantos años. Estos poemas: Ovalles puro ante la ciudad de La Habana, mujer imaginada, imaginaria, real, mágica, poética, soñada. Mujer eterna, al fin, en los brazos del poeta.

J. J. Armas Marcelo*
Madrid, febrero de 2018

Este texto es el Prologo del libro DE UN CIELO A OTRO CIELO DE CUBA, de Caupolicán Ovalles

* J. J. Armas Marcelo (Las Palmas de Gran Canaria, España, 1946) destacado intelectual y escritor que ha cultivado varios géneros. Licenciado en Filología Clásica por la Universidad Complutense de Madrid. Su novelística lo ha hecho merecedor de diversas distinciones. Actualmente es el Director de la Cátedra Vargas Llosa de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Entre sus títulos destacan: El camaleón sobre la alfombra, Premio Pérez Galdós (1975), Calima (1976), Los dioses de sí mismos (1989), El árbol del bien y del mal (1995), Casi todas las mujeres (2004), La noche que Bolívar traicionó a Miranda (2011) y Réquiem habanero por Fidel (2014). Es un columnista reconocido y ha dirigido programas de entrevistas en distintos medios de comunicación social.

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