CHITO- Andres Maroti

Los presos políticos son una gran mancha   en  la ejecución de gobierno que este régimen nunca podrá  borrar de la mente de los abusivamente encarcelados, y  jamás podrá difuminar del  ánimo angustiado de los familiares.

Tal como  resumió el tema un colega: “dejar en libertad  a los que no debían estar presos no es ningún beneficio”. Bien dicho; con voz clara y fuerte.

La dictadura no está ablandándose ni cediendo, más bien está muñequeando nuevas fórmulas para seguirnos mareando mediante trucos manidos  y aprendidos en las escuelas de los totalitarismos más recalcitrantes. Parece que se le salió a algún representante de estos decir que no se debía criticar al presidente porque las excarcelaciones eran una “jugada del gobierno”. Vaya usted a saber qué significa eso.

Sea como fuere la presión no debe decaer y mientras  más voces señalen los estropicios a los que está sometida la población más  apuntados estarán los que pretenden salirse de  la suerte a bajo costo.  Por fortuna, los hechos del  gobierno no intimidan a la mayoría de nuestra gente que continua alzando la voz sin amilanarse ni creer que callarse o pasar agachado hará al  régimen más suave  para convertirse repentinamente en  un dechado de virtudes ciudadanas y legales.

La realidad, lamentable, es que esta gente soltará de las cárceles solamente a los que ellos consideren delincuentes, o  inocuos  e incapaces de  protestar, o sin voluntad de hacerlo porque se sienten, con razón, con el espíritu maltratado suficientemente.

La insistencia de los que resisten, acusan y señalan sin cesar las injusticias y atropellos de los que detentan un seudopoder bastante anémico no incide en absoluto sobre las decisiones que a ellos  convienen para mantener  el hostigamiento a los venezolanos. Si ellos aspiran  a aplacar el descontento de la nación con actos que parecen, pero en el fondo no son lo que quieren parecer,  están como de costumbre errados y  muy lejos de las realidades que los circundan,  ya que el pueblo no se come más cuentos chinos, cubanos o rusos,  y no está muy dispuesto  a soportarlos por más tiempo.

La aceptación alegre, callada  y sumisa de  actos  excepcionales en dictadura pero  normales en democracia, como la excarcelación de aquellos privados de su libertad  porque cumplieron condena  previo juicio y sentencia, no por capricho ni  arbitrio unilateral, no es una  postura  que genera bondades ni prebendas para nadie, ni para los que está adentro penando, ni para los que están afuera exigiendo. Desafortunadamente.

A la lucha no hay que darle descanso. El imperio y Canadá no han aflojado sus tenazas. La OEA tampoco. El grupo de Lima se mantiene firme. La UE  alarmada, a pesar de Mogherini y sus tendencias. España igual;  aunque tienen a  Iglesias y  a remendón.

Voces nuestras  no ceden ni se dejan impresionar por nada que haga o diga el gobierno, lo cual se refleja en los comentarios públicos con relación a que “se infló el número de presos políticos excarcelados”; “liberación de presos políticos es un circo”; “incumplir con la boleta de excarcelación es seguir violando derechos”; “el gobierno no tiene disposición de diálogo sino intención de humillar”.  Ninguna de estas expresiones se arrodilla ni celebra los actos del  régimen  porque no creen en él; como tampoco creen en que si no lo hacen los mandones   serán  benevolentes por falta de críticas. Pensar así es  tener  demasiada buena  fe, y veinte años son abundantes para enseñarnos a tener la mala.

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