¿Optimista o realista?-Andrés Maroti

El mundo está cansado. Los pueblos están hartos. La gente está reaccionando porque quiere una reforma, un cambio, una renovación, un refrescamiento. Aires o más bien ventarrones de transmutación comienzan a tomar forma a pesar de factores insistentes en mantener y empeorar el devenir de la vida en el planeta tierra.

Las Coreas separadas por  años de  antagonismo  político parece que están  limando sus asperezas lo cual evidentemente no es del agrado de los rusos que son los abanderados de la subversión global. Seguramente una  parte se dio cuenta que  la vida puede ser más provechosa sin una guerra irracional.

Los iraníes están altamente preocupados  por la revisión del Tratado Nuclear  que les daba un respiro para que pudieran continuar con sus planes siniestros.

Los israelíes  quieren acabar con la  inseguridad que producen los conflictos cercanos en  Siria apoyados por rusos e iraníes. Además, no se sienten cómodos con las amenazas continuas de estos últimos.

Los chinos, que son comunistas y nunca han visto  con buenos ojos a los rusos, miran los toros desde la barrera y se afincan en  la comercialización de sus productos porque entre algunas  cosas  tienen que alimentar a mil y pico de millones de compatriotas.

Mientras todo  eso ocurre al otro lado del mundo, los cubanos tienen su propia  papa caliente con la ida de Raúl,  y  adicionalmente  el panorama venezolano que tiene ahora  el acompañamiento de los nicas que también aprietan para salir de Cilia  Murillo y Nicolás Ortega que los tienen  acatarrados con las vejaciones, burlas  y abusos como pareja presidencial  despótica y nepótica.

El indio de por  aquí  cerca  no sabe en qué palo ahorcarse porque nadie le hace caso y todos lo ignoran. Y en la mitad del mundo, aun cuando todavía quedan muchos resabios y quintacolumnistas del malcriado que gobernaba visceralmente, aparentemente ha rectificado el rumbo y se ha alejado de las veleidades doctrinarias que no conducen sino al fracaso.

Ya los chilenos y argentinos se sacudieron de tanta manipulación y pretensión de ser  de una manera y actuar de otra.

Los brasileros se quitaron de encima al fanfarrón sindicalista hipócrita y su hija putativa que seguía sus pasos, inclusive en corrupción y malos manejos. Gracias a la gente bien equilibrada y a la Providencia.

Solamente faltan los mexicanos y colombianos  que tienen por delante un  desafío bravo  que enfrentar con los comunistas. Los primeros han rechazado en más de una oportunidad las pretensiones  del extremista engañoso de aquellos lares,  y seguramente con los ejemplos del hemisferio  lograrán sobreponerse a los cantos de sirena socialcomunista. Los segundos, lamentablemente, tienen que lidiar con la izquierda en tres frentes: los narcoguerrilleros mimetizados en pacíficos demócratas;  aquellos que todavía se empeñan en la destrucción de una sociedad a través de los votos; y  finalmente con algunos infiltrados en el actual régimen, que incluye al propio presidente Nobel de la cacareada paz que no llega porque las partes le han mentido al pueblo, y el pueblo así lo ha comprendido. Y  lo entendió cuando votó en contra  en la consulta popular con el propósito de darle aval  a las descabelladas condiciones  presentadas. Por fortuna, el sufragista  colombiano tuvo ya la experiencia de ser extorsionado con la mermelada de la paz. Esperemos que les haya servido de algo y la usen para no caer en las garras de los mismos políticos que supuestamente no dan soporte público a la narcoguerrilla,  pero en su fuero interno esperan que ellos colaboren en llevarlos a la presidencia.

Felizmente,  los países del Grupo de Lima, la OEA, USA y Canadá, y la Unión Europea,  procuran poner su influencia y sanciones  sobre Venezuela para ejemplificar las consecuencias de desviarse del sendero democrático. Malo que es insuficiente, por un lado, y por el otro, bueno y  significativo es mostrar  tal como son a los gobiernos totalitario-comunistas como el nuestro,  y otros de igual talante,  para quienes el pueblo y sus necesidades no son  prioridad. Solo  tener y mantener el  poder por el poder mismo.