Venezolanos en Colombia: Tenemos la esperanza de que nuestro país mejore

CARLOS BRICEÑO CONTRERAS

“¡Buenas tardes señoras y señores!, para nadie es un secreto la realidad que hoy en día se vive en Venezuela y me imagino que bastante han escuchado sobre eso en los últimos meses. Hemos sido miles y miles los jóvenes venezolanos que hemos tenido que emigrar de nuestro país en busca de mejores oportunidades económicas para ayudar a nuestros familiares”, expresa el joven venezolano desde uno de los autobuses que se moviliza por Bogotá, Colombia.

Los venezolanos mantenemos la fe y la esperanza puesta en Dios de que nuestro país se levantará y, mientras eso sucede, estamos acá demostrando lo que nos enseñaron en Venezuela: que ningún trabajo honesto deshonra, sino que todo trabajo honesto dignifica al ser humano. Estos dulces (caramelos) no tienen ningún costo ni valor, el precio se lo colocan ustedes de acuerdo a lo que les salga de su bolsillo y corazón”, continúa.

Dentro de poco, este “veneco”, como le denominan en Colombia a los venezolanos, cumplirá tres años de haberse graduado con honores en una de las universidades más prestigiosas del país. Su sueño siempre ha sido trabajar en un gran medio de comunicación para poner en práctica sus conocimientos de comunicador social; sin embargo, la situación venezolana no le dejó otra alternativa que emigrar para ayudar a su familia, y ahora vende golosinas en los autobuses que se movilizan por la zona norte de la capital de Colombia sin descartar la posibilidad de obtener un mejor empleo. Sin olvidar esos sueños a los que, tal como lo afirma, tuvo que hacerles un “stop” de manera temporal.

“Necesito pedirles un favor que no tiene nada que ver con lo monetario; encomienden, así sea de manera muy breve, a Venezuela en sus oraciones, pidan para que vuelva a ser ese país próspero donde los jóvenes no teníamos que marcharnos a ningún lado, sino cumplíamos allí mismo nuestro proyecto de vida, oren para que las personas ya no sufran por la escasez y el desabastecimiento de medicamentos y comida, porque les aseguro que cualquier colaboración que puedan darme en este momento no se compara con las oraciones que puedan hacer por mi país”, manifiesta el joven mientras vende sus golosinas.

En Venezuela tuvo la dicha de ejercer su profesión desde antes de haber obtenido su título, “pues afortunadamente en el aspecto profesional no me ha ido mal, en lo que se refiere a lo económico todavía me siento estudiante, porque lamentablemente ahora en nuestro país no tenemos la posibilidad de crecer económicamente ni de tener calidad de vida”.

Este joven periodista llegó a Colombia a “trabajar en lo que salga”, pues en el vecino país en los últimos meses no han sido muy variadas las ofertas de empleos para los venezolanos, y en muchos trabajos informales les ofrecen menos de los 30 mil pesos por hasta doce horas de labores, con eso de “lo tomas o lo dejas, pero es lo que hay para ustedes”. No tiene hijos, pero si una madre y unos hermanos a quienes siempre ha apoyado económicamente.

“Yo ayudaba a mi familia económicamente cuando trabajaba en un periódico de mi estado y cada vez que salía cualquier trabajo por allí. Pero con el pasar de los meses se agudizó la crisis y se me hizo más cuesta arriba poder seguir ayudándolos. El sueldo me alcanzaba menos y una vez, con lágrimas en los ojos, pensé que ya no tenía otra opción y sin querer hacerlo, me fui del país. Todos los días pienso en ese momento en el que cantaremos el Himno Nacional con lágrimas en los ojos”, comenta.

“¡Esa veneca está rebuena!”

El movimiento sensual de sus caderas bien definidas hace contraste con la seriedad en su rostro, esto abre paso a comentarios como “esa veneca está rebuena”. “Sin jueguitos con nadie porque después se pasan de maracas”, comenta, como parte de esa barrera que pretende colocar para hacerse respetar.

Se trata de Yaidith Marrón, una caraqueña que llegó a Bogotá a finales del año pasado sin imaginar que su trabajo sería muy diferente al último que había tenido en la capital de Venezuela como responsable de atender y cuidar a unos ancianos en un geriátrico.

Su primer trabajo en Colombia fue repartir panfletos en las afueras de un burdel. Aunque muchas de las chicas que allí cobran para tener sexo con los clientes le ofrecían que se uniera al grupo para hacer dinero más rápido, ella no accedió a esas peticiones.

Caminaba con rapidez, la mejor sonrisa tenía que ser su carta de presentación para convencer a los jóvenes y adultos a que entraran al lugar, pues de esto dependía ganarse 35 mil pesos diarios y una comisión que incrementaba sus ingresos.

“Los clientes me decían: –Mira, porque mejor tú no estás conmigo y yo te pago el doble de lo que le puedo pagar a una allá adentro–. Pero yo nunca acepté. Me vine a trabajar honradamente para mandar plata a Venezuela porque tengo tres hijos, acá estoy con mi pareja. No todas las venezolanas que se vienen a Colombia lo hacen para prostituirse”, relata Marrón.

Ahora esta caraqueña trabaja en los autobuses con la comercialización de golosinas, junto a un grupo de venezolanos que a diario se gana la vida con esta labor.

“Prefiero vender caramelos que trabajarle a alguien para que me explote por el hecho de ser venezolana. Lo malo es que a veces los conductores no nos dan el turno para trabajar dentro de las unidades. Ojalá que pronto se arregle la situación en el país para poder regresar y estar junto a mis chamos“, dice.

Yaidith, el joven periodista que ofrece caramelos en los autobuses, la psicóloga que vende empanadas en la plaza “Lourdes” (Bogotá) durante la noche, el contador que desliza con rapidez sobre el asfalto su carrito en el que lleva varios termos con café y el ingeniero que espera la llamada de algún restaurante para hacer un “turnito” son el ejemplo del buen venezolano, ciudadanos auténticos que debieron hacer una pausa a los sueños que tenían en Venezuela para emigrar en busca de mejores oportunidades. Ahora están en Bogotá y en las ciudades de otros países, pero sus corazones están en Venezuela con la esperanza de pronto regresar.

Fuente: El Universal