Nada Nuevo – Andrés Maroti

Parece que hubiera dos mundos. Parece que uno de ellos tuviera el encargo de acabar con el otro. Parece que  Oriente y Occidente estuvieran pobladas por  gentes antagónicas.

No obstante, somos todos seres humanos aunque en las antípodas. Sentimos, padecemos, vivimos  y morimos por igual. Cuando nos azuzan entramos en  guerra por cuenta de otros. Esos otros son nuestros dirigentes mesiánicos, desajustados mentales, ególatras y fanáticos de cualquier cosa,  pero sobre todo de ellos mismos. A través de los siglos  el planeta y su población  han tenido que sufrir a causa de sus  desvaríos emocionales que los hacía pensar  que en el  mundo eran indispensables.

Sin excepción todos los trastocados han usado al pueblo para sus fines turbándolo con golosinas  doctrinarias creadas por pensadores apoltronados que se hicieron famosos por la estupidez humana.  Ideas que  solo han servido para subvertir  a las civilizaciones que  avanzaban en sus logros y fracasos pero siempre evolucionando de alguna manera  en su desarrollo hacia la madurez.  Así fue cuando  comenzó la revolución industrial en su segunda fase en Inglaterra,    que más que social fue económica e incidió en  que se pasara de un mundo rural a un mundo industrial que  aportó a la movilidad social, a que muchos   campesinos se  hicieran citadinos, y otros progresos  en dirección de la modernización de los países y de la economía mundial. El asunto fue humano y técnico, no ideológico. Funcionó sin mucha lucha de clases ni fantasías.

Cuando de una postura radical  resultan  millones de muertos, sea por hambre, por guerras o  aniquilación  política se debe poner en entredicho los fundamentos del pensamiento que los  produce  aunque vengan adornados con intenciones bondadosas.

Así tenemos a los coreanos malucos con la mala vibra de sacudir al imperio  porque el líder de allá cree que puede jugar con la vida de propios y extraños;  están los extremistas religiosos iraníes que quieren acaban con los israelíes y apoyan a los sirios gobernantes que no quieren aflojar el coroto; los rusos por su lado, comunistas hasta la médula, dan soporte a los sirios e iraníes porque conviene a su mala fe contra  el Oeste en general; los chinos que no han dejado de ser comunistas aprovechan al máximo posiciones cómodas sin dejar de molestar; los cubanos  que se han burlado de todo el universo  y  pretenden seguir con su comunismo con  un mequetrefe que ganó  las elecciones con  el 99 por ciento (aunque usted no lo crea); los nicas dirigidos por una  pareja comunista y enferma anímica  que ganó las elecciones como pretenden los nuestros en esta tierra, deshaciéndose de los contrincantes y poniendo a  unos aparentes opositores a competir en unos comicios  bastardos; los narcoguerrilleros  de diferentes  siglas y amparados por gobiernos complacientes,  todos con la misma ideología comunista tramposa y engañosa que asecha sin parar y sin escrúpulos  desde hace cien años  para perjudicar a sus semejantes y con sus tentáculos arrastrar a los pueblos a la ignominia.

El común denominador de estos facinerosos es usar la doctrina comunista como factor de  lucha  política, perturbación social, el fomento  del caos y la anarquía, la  destrucción de las tradiciones, de los cimientos  republicanos y del estado de derecho.  La manipulación, el maniqueísmo, las bravuconadas y la provocación, la temeridad y el descaro son  artes muy bien escenificadas  constantemente hasta que alguien les planta  cara y les para el trote; entonces reculan y ofrecen hablar de paz y armonía para aplacar el momento,  pero sin intención seria de abandonar  sus inconfesables  maquinaciones.

Ninguna obra de ficción  o imaginación o narrada  en el marco del realismo mágico podría equipararse a la realidad  que circundan los hechos y  las acciones de los que son capaces estos angelitos  aquí listados.