Recuerdos de las Semanas Santas en San Casimiro – Horacio Biord Castillo

La celebración de la Semana Santa en San Casimiro, el pueblo de mis mayores al sur del estado Aragua, era muy similar a otras del Alto Llano aragüeño y del vecino y extenso Guárico. Las procesiones comenzaban el Domingo de Ramos, con la imagen de Jesús en el Huerto de los Olivos. Esta procesión era, para mi abuela, Guillermina Lara Peña de Castillo, muy emotiva, pues le recordaba la de su propio pueblo natal San Sebastián de los Reyes, cercano a San Casimiro, donde su familia estaba encargada de organizar ese paso.

Las imágenes salían en procesión de la iglesia parroquial hasta la casa de los dueños o encargados y allí se les obsequiaba agua a los cargadores. El lunes se sacaba a Jesús en la columna y el martes a Jesús en la peña, también conocido como “Humildad y Paciencia”. La imagen de la santísima Virgen en su advocación de Mater Dolorosa acompañaba los pasos a partir del domingo. En San Casimiro la procesión del Domingo de Ramos estaba a cargo de la familia Morales, la del Lunes Santo de doña Rosalía Hidalgo de Vargas, casada con don Manuel Vargas (fundador y dueño de la casa comercial La Perseverancia, “fundada en 1912”, como se leía a sus puertas, situada en la esquina derecha de la plaza Bolívar, frente al templo), y la del Martes de María Hernández de Arcella, quien una vez decidió restaurar ella misma la imagen. Colocó entonces una gota de sangre detenida en la punta de la nariz de la imagen del Redentor que llamaba mucho la atención por su posición en extremo equilibrio. Estas procesiones eran, sin embargo, las menos concurridas, como también ocurre en otros pueblos, como en Los Altos de Miranda. Doña Rosalía y María Arcella eran parientas de mi familia.

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A partir del Miércoles Santo, se sumaban a los pasos las imágenes de la Magdalena y de san Juan Evangelista, representado con un libro en su mano y una pluma atenta a los acontecimientos para escribir su “Buena Noticia” o Evangelio. La imagen de la Magdalena la decoraba la familia Echezuría y san Juan no tenía dueño sino que lo arreglaba el pueblo, como se decía, por lo que en una época le insistía mucho a mi madre, Ana Lola Castillo Lara de Biord, para que nos encargáramos del pobre solitario evangelista y le comprábamos flores y cirios. Una vez mi mamá lo llevó a restaurar y la imagen desarmada fue acomodada con mucho cuidado y embalajes en el carro. Para mí era motivo de gran orgullo que san Juan, el verdadero san Juan, el de San Casimiro, visitara Caracas. Eso me permitía, además, observarlo más de cerca y sentirme su protector. Quizá allí nació mi vinculación con su nombre y devoción, traducida luego como plegaria incesante en el nombre de mi hijo mayor: Juan Andrés.

 

La procesión del Miércoles Santo estaba a cargo, entonces, de una queridísima parienta, Josefina Hidalgo Hernández, hija de don Diego Hidalgo, primos de mi abuelo. La imagen del Nazareno de San Casimiro incluye la figura del Cirineo que lo ayudaba cargar la pesada cruz. El conjunto salía en procesión colocado sobre una mesa con ruedas, la única que las tenía entre los pasos de San Casimiro. Josefina, mi querida Josefina, una abuelita cariñosa y consentidora, se hospedaba en la casa de las amables y hacendosas hermanas Coupart (de cuyas manos salían las mejores “papitas” de leche) en la calle Miranda, al lado de la casa de misia Angelina Istillarte de Manzo, gran amiga de nuestra familia, y a cuya hija, María Esther, siempre tratamos de “tía”. Josefina nos llevaba dulces y golosinas, recortes de imágenes de periódicos y de cajas, como figuras de animales (recuerdo, en particular, la de un perro pastor alemán) que nos permitían jugar. Mi abuela nos recortaba también dibujos de canarios y pájaros que estaban impresos en las cajas de alpiste. Todo ellos nos habla de costumbres lejanas de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX.

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El Nazareno, a su regreso a la iglesia, recibía el saludo de su madre y los santos que le hacían una genuflexión y luego el Señor, vestido de túnica morada, se dirigía a la prefectura o sede de la policía y allí hacia una inclinación para pedir que se liberara a algún preso condenado por faltas menores. Muchos penitentes se amarraban y esperaban con fervor, como promesa por algún favor, ese momento en el que Dios hecho hombre reducido a prisionero por el poder ciego e intolerante se dirigía al patíbulo y hacía gala de misericordia.

La procesión del santo Cristo, el Jueves Santo, estaba a cargo de mi familia. Vicente Rodríguez era el responsable de las varas con las que se levantaban los cables y tíos y primos nos encargábamos de llevar en alto los faldones de terciopelo que recubrían la mesa. Desde el miércoles todos, cada quien según sus fuerzas, pero todos grandes y chicos, debíamos ayudar a bajar la imagen del Cristo, limpiarla, colocarla en la mesa, llevar las briseras y velas a la iglesia, a hacer los arreglos florales que se confeccionaban en la casa de misia Angelina y dejar todo a punto, mientras en la iglesia en la nave contigua se preparaba el monumento al Señor para su veneración el Jueves y Viernes Santos.

La procesión del santo Sepulcro comenzaba el viernes antes de los oficios del Viernes Santo con el traslado de la imagen desde la casa de la familia Zamora, parientes de mi abuelo, a la iglesia. En la noche se llevaba la imagen en procesión hasta allí y se regresaba nuevamente hasta la iglesia. En algunas ocasiones al entrar se entonaba el Himno Nacional. La música sacra se tocaba una banda en todos los pasos, pero el día Viernes Santo sonaba aún más solemne. Para mí era el fin de la Semana Santa, se acercaba el momento de regresar a nuestra casa, en San Antonio de Los Altos, y dejar atrás la camaradería cercana con los primos y los amigos güiripeños, así como los paseos por las montañas mil veces hermosas de Güiripa cuyos paisajes habitan y engalanan de continuo mi corazón, su quebrada, sus saltos de agua, las haciendas y las casas de los pobladores tan acogedoras, con sus olores a leña y humo, a fogones y café.

No solo en mi memoria, sino incluso en mi percepción, la pasión de Cristo se cumple inalterable según el orden de la piedad popular de San Casimiro. Los olores y sabores que atribuyo a esos días santos son los de San Casimiro y Güiripa, los de sus montañas y gentes buenas, los cirios que abajo, en las calles, durante las procesiones titilaban como arriba, muy altas y nítidas en la noche del verano y la sequía, parpadeaban las estrellas del piedemonte llanero.

Horacio Biord Castillo

Escritor, investigador y profesor universitario

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