Troya – Andrés Maroti

Ya el oficialismo tiene su reflejo en la oposición.

Esperan que nadie caiga en cuenta. El candidato escogido por ellos para la contienda electoral no es otra cosa que mirarse en un espejo.

Ambos candidatos con posibilidades de triunfo, ya que los otros con el debido respeto que merecen por la osadía no entusiasman a nadie, se diferencian en la estatura física y en que uno es madurista, si es que eso tuvo y tiene existencia y vigencia; y el otro es adepto al iniciador de la debacle nacional hace casi veinte interminables años en una sola dirección: a la sima tenebrosa, rústica y caótica de una tiranía no declarada dictadura ni comunista, pero sí bien maquilladas ambas cosas por expertos en el arte de mimetizarse en aparentes buenas intenciones con las que hipnotizan a los pueblos confiados.

Del primero sabemos lo que no hace, ni quiere, ni puede, salvo desdoblarse en el contrincante escogido. Del segundo se conoce su trayectoria sinuosa, zigzagueante y exitosa para que hablen de él en ambos lados de la acera. ¡Ajá! ¿Y qué más? ¿Conductor de masas, dirigente prominente de partido político, estadista, político de trayectoria?

En realidad nada de eso tiene importancia en la presente circunstancia luctuosa en la que está hundido el país. Estamos curados de espanto y aparecidos; y de salvadores fantasiosos mesiánicos, también. Al igual que de gente que cree que somos cogidos a lazo y piensa que a estas alturas de la distracción tenemos la oreja blanca.

Los contendores de la próxima payasada electorera montada en el templete de la patria parecen caimanes del mismo charco que decidieron cazar en lares diferentes con el mismo objetivo: cambiar todo para que nada cambie en caso de que se den los comicios y alguno de ellos gane. Hay que reconocer que es una jugada de urdimbre maléfica pero de resultado incierto.

Con la fundación del nuevo partido oficialista y lo que queda en el que dejaron guidado al segundo de abordo, los votos rojos estarán desorientados; lo cual no importa porque la irreversibilidad de los millones de votos que decidan sacar si quieren seguir con el coroto será cantada por una fulana sin ningún empacho.

Por otro lado, el opositor invitado tendrá los votos que le adjudiquen para salir victorioso; o no los tendrá si los amos no quieren; y desde luego no le servirán los sufragios que pretende pescar entre los abstencionistas de convicción y los votantes de vocación. Estos últimos solo podrán optar por el candidato oficial o el protagonista de la pantomima opositora, aunque puntos de su apurado programa de gobierno contengan algunos de los anhelos frustrados de la mayoría de los venezolanos.

El ácido comicial probablemente no se lo tragarán los más avezados que ya cantaron su repudio al esperpento antijurídico ideado por la asamblea cubana; y eso sin considerar como serio el hecho de la inscripción de candidaturas no oficialistas, incluida la del escogido para enfrentar al actual mandón.

En síntesis: no convencen a nadie de la pulcritud, la seriedad y la honestidad de la contienda por venir y sin porvenir.

La frase lampedusiana “Algo debe cambiar para que todo siga siendo igual” ha sido desenterrada por los mercachifles de la política criolla.

Siempre que el Frente Amplio Nacional se amplíe, se extienda y penetre en todo el territorio y sectores de la vida del país, sin duda tendremos la mano ganada.

 

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