Testimonios: De Burjasot al infierno – La Historia de Padre Antonio – Vídeo –

En esas empinadas e intrincadas escalinatas del Barrio Isaias Medina Angarita, al oeste de Caracas, dicen sus pobladores que aun camina el alma buena de un sacerdote español Marianista, que vino a cumplir una misión de vida en un barrio de la capital, que lo hizo suyo, hasta el punto, que sus restos mortales descansan entre la gente de su “Casa Blanca”, chevere….

Testimonios,  nos revela la historia de un hombre bueno, un santo,  el Padre Antonio Zubia, Fundador de la Ciudad de la Esperanza, en Catia, Caracas  

De Burjasot al infierno

Hace unos treinta años en la parroquia de San José Obrero de Burjasot ejercía de párroco el P. Antonio Zubía, marianista.

Un día le invitaron a acompañar una expedición misionera de cuatro familias que, a petición del cardenal de Caracas, habían sido enviadas por S. Juan Pablo II a un cerro perdido de la periferia de Caracas llamado Casablanca.

Alguien le advirtió: “P. Antonio, ¿sabes dónde vas?, vas al infierno. En ese barrio ha habido más de 100 asesinatos en lo que va de año.” Antonio, con el temple de su paisano S. Ignacio de Loyola, dijo que quien convirtió el agua en vino podía hacer el cielo del infierno.

Antonio falleció el 30 de enero en Caracas, a los 86 años, después de una larga enfermedad. Los Padres Marianistas quisieron llevarlo a Madrid para tener una mejor atención médica, pero él pidió permanecer allí, donde había dado la vida. Se lo concedieron. Fue atendido con un cariño enorme. Algunos intentaron repatriar sus restos a España, pero la gente se opuso: “que sus restos descansen entre nosotros y que juntos resucitemos, como él nos anunció.”

Durante dos días velaron su cuerpo. Muchos se acercaban y le agradecían emocionados lo que había hecho por ellos. “Gracias Antonio, decía uno, porque me ayudaste a dejar la droga y a abandonar las armas.” Una señora se acercó al P. Guillermo y le dijo: “Yo, padre, compré un revolver para matar a quien había matado a mi hijo. Sabía quién era y quería darme el gusto de matarlo yo misma. Escuchando un día hablar al P. Antonio y a las familias del Amor de Dios, me creí lo que dijeron, cogí el revólver y se lo entregué al P. Antonio.

Al cabo de pocos años, los asesinatos se redujeron a siete. Algunos de aquellos jóvenes, cuya meta era llegar a ser jefes de bandas, son hoy misioneros con su familia en China, Camerún o Rumanía. Otro es párroco en Caracas, otros están en el seminario y algunas son religiosas contemplativas.

Antonio visitaba incansablemente a la gente recorriendo las veredas y subiendo las escaleras interminables. Varias veces le mordieron los perros. No le daba importancia. A quienes le preguntaban cómo habéis venido desde España a este lugar donde todos suspiramos por marcharnos respondía: “Estas familias y yo hemos venido aquí para una cosa, para que seáis felices.”

Fundó la Ciudad de la Esperanza, un edificio digno y bello para que los jóvenes tuviesen un lugar donde hacer sus tareas, recibir clases de recuperación, tener ordenadores disponibles y una biblioteca de consulta. Las mujeres y amas de casa disponían de una cocina bien armada donde aprendían a elaborar platos exquisitos. También se hicieron salones acogedores para que las comunidades neocatecumenales, que se iban formando, pudieran celebrar su liturgia…

Padre Antonio, nunca te olvidaremos. Si te preguntáramos cómo te encuentras, responderías a la criolla lo de siempre: “chévere, chévere cambur.”

Descansa en Paz.
P. Jesús Martínez Gutiérrez  Misionero itinerante de Valencia