Ni la anti-política del idiota ni la pseudo-política del incauto – Bernardo Moncada

El encuentro con mis alumnos de arquitectura se ha hecho uno de mis momentos más esperados y gozosos. Ellos lo saben. Compartiendo datos y juicios sobre la historia reciente de la arquitectura y, claro, sobre el país, afloran verdades, decisiones, propuestas, como las que Venezuela necesita, se recobra entusiasmo y ánimo, se recobra la fe y se entiende por qué se recobra. Un ejemplo es el magnífico comienzo de año que tuvimos, gracias a la invitación al Director de nuestra Escuela a un coloquio sobre su experiencia profesional en el proyecto y construcción del Metro de Caracas. Relato y comentarios dejaron sentado cuán cortos nos quedamos al elogiar esa obra de los periodos democráticos: se logró lo imposible, en un proceso que pudiésemos calificar de epopeya de no ser por la sosegada y firme organización que permitió lograr sin mucho drama lo que asesores de otros países advirtieron como inalcanzable. En otra ocasión comentaré lo presentado por el ponente, pero creo oportuno, dados los momentos que vivimos, resaltar una constatación que se dio hacia el final de los encuentros…

Tras describir como testigo de excepción una hazaña que nos enorgullece ante cualquier nación del mundo, lograda por un equipo estelar de trabajadores de altísima mística, el Director dijo una verdad que en nuestra tragedia criolla nos deja estupefactos: esa pléyade de jóvenes venezolanos, súper-entrenados, hondamente motivados, fueron en parte culpables de lo que hoy pasa en Venezuela, porque, cómodamente, al jamás querer asumir la responsabilidad de guiar el Sindicato de Trabajadores del Metro, ¡permitieron que Nicolás Maduro llegara a ese cargo y, así, iniciara la carrera política que eventualmente lo puso donde está!

 

En antigua Grecia la democracia era la polis, la ciudad. El individuo libre tenía el derecho y la obligación de participar y opinar en todos los asuntos políticos. Para ello, además de estar bien informado, compartía un ardiente interés por el bien de la comunidad. El ciudadano ajeno a lo social, ignorante e indiferente en política, era llamado “idiota”. También había derecho a mantenerse idiota. Aplicando tal criterio podría decirse que la caída de Venezuela en el caos partidista, el general desprestigio de la política, y la subsiguiente apoteosis y entronización de un ignoto teniente golpista en la presidencia de la república, fue producto de un auge de “idiotización” (en el sentido griego del término, no se me vayan a ofender) del venezolano. La conclusión a que llegamos acerca de aquellas elecciones para el Sindicato de Trabajadores del Metro de Caracas es un elocuente ejemplo.

De la despectiva y hostil indiferencia, ligada a la general ignorancia de la historia reciente, la opinión pública fue conducida, con los trucos ilusionistas del nuevo ídolo, a la exacerbación de la pasión política: al berrinche y el simplismo como formas de expresión afloradas hasta en articulistas de la gran prensa. La demagogia de los políticos tradicionales quedó como balbuceos tímidos, frente a los que entonces coparon el escenario como los falsos profetas, figuras que acaba de recordarnos el Papa: “Son como «encantadores de serpientes», se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren” y los “Otros falsos profetas que son esos «charlatanes» quienes ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles”. En ese aprovecharse de las pasiones humanas, y de la apetencia por el logro fácil e inmediato, emocionalidad, reactividad y credulidad codiciosa, tomaron el lugar de la indiferencia y desconfianza ante la política, para allanar camino al demencial “proceso” que destruyó la estructura institucional y económica levantada durante décadas de historia. De la anti-política del idiota, nuestra opinión pública pasó a la pseudo-política del incauto deslumbrado y ahora, sin haber ejercitado la verdadera política, las redes propenden a entregarnos de nuevo a la “despectiva y hostil indiferencia, ligada a la general ignorancia de la historia reciente”, confundidos, incapaces de valorar matices y observar objetivamente hechos y opciones. Cualquier dirigente la tiene difícil para satisfacer una clase media -única con recursos y tiempo para tuitear y pasar cadenas en el Facebook o el Whatsapp- sumida en esta actitud.

Posiblemente, la incapacidad de políticos demócratas para llegar al acuerdo que la situación exige y enfrentar el caos genocida que padece el pueblo venezolano, refleja la cacofonía de voces que les gritan sugerencias en desbandada, también incapaces de unanimidad en cuanto a prioridades y necesidades. Si nos urge llamarles al botón exigiendo el sacrificio de parcialidades e intereses para lograr lo prioritario, nos toca conquistar el acuerdo entre nosotros mismos, ejercicio de sana política a nivel popular: movernos hacia el concierto necesario en lugar del desbarajuste actual. Aprovechemos el debate sobre elecciones para incentivar, también a nuestro nivel, la unidad en lugar de la disgregación.

21.II.18