Un comentario

  • De Sergio Monsalve

    La dictadura orquestó el saqueo de la red de automercados, para postergar la agonía y ahuyentar el fantasma del estallido social, haciéndolo legal desde la aprobación del estado. La tiranía democratizó la corrupción, el remate y la compra de bienes a precio vil. Las consecuencias serán aún más desastrosas e imponderables. Se pronostican tiempos de radicalización de la hambruna, del desabastecimiento, de inseguridad, de escasez.
    Anoche la calle lucía verdaderamente desolada y los locales cerrados por temor a ser desvalijados en masa.
    Cualquier imagen descrita es ahora superada por una realidad monstruosa sin parangón en la historia del último siglo.
    El lunes nos conseguiremos con un país distinto al del viernes. Cada 24 horas cambia la faz de la ciudad, para peor. Es un proceso de una metástasis acelerada y descontrolada. Con una economía desahuciada y una moral condenada para resignarse, Venezuela empieza un 2018 en una fase definitiva para su historia.
    Los militares planean quedarse con todo y obligar a la población completa a depender del CLAP. Una pequeña élite de oposición juega a correr la arruga y a fingir estabilidad, porque todavía consume, gracias a la venta de dólares. Pero todo es una ficción, una mentira, una hipocresía.
    Otra clase media apabullada fue llevada a protagonizar las fotos decadentes de ayer. Un país mentiroso circula por Twitter, donde vemos el robo generalizado de productos a manos llenas. Otro país aparenta ser feliz y alienado en Instagram.
    En medio de tanta esquizofrenia, el futuro se antoja desesperado, oscuro, incierto. Igual seguiremos escribiendo, resistiendo y pensando en voz alta.

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