Malula, el pueblo cristiano que lucha para poder seguir custodiando el arameo que hablaba Jesús

Malula es un pueblo cristiano, que fue duramente atacado por los yihadistas.

Malula es uno de los últimos bastiones y custodios del arameo, la lengua en la que habló y predicó Jesús. Este pueblecito sirio, de mayoría cristiana, es junto a otras dos pequeñas aldeas, los únicos sitios en los que sus habitantes se comunican en esta lengua que se está extinguiendo.

Los yihadistas del Frente Al Nusra tomaron este pueblo, conocido como la “Lourdes siria” y destruyeron los antiquísimos monasterios cristianos. Gran parte de sus habitantes huyeron, y muchos para no volver. Otros ya decidieron hace años abandonar un lugar en el que los cristianos son perseguidos o discriminados. Pero los que quedan no se resignan a dejar sin cristianos Malula ni a que se extinga la lengua de Cristo. El Mundo ha estado estos días en este pueblo y esto es lo que ha encontrado:

“Abunah ti bismo, yickattas esmax“. En Malula, con su angosto callejero desparramado por la falda del monte Qalamun, las primeras plegarias del Padrenuestro -“Padrenuestro, que estás en los cielos…”- resuenan en boca de sus últimos habitantes pronunciadas aún en el idioma de Jesús, el arameo. Una lengua moribunda que 2.000 vecinos de la villa guardan como un tesoro.

La destrucción de un patrimonio centenario
“Antes se hablaba más pero, después de lo que pasó, mucha gente se marchó a Damasco o a Europa”, susurra Constantin Rustun, de 50 años, mientras trabaja en la rehabilitación de la iglesia del monasterio de Santa Tecla. El convento aún exhibe las heridas de los casi siete años de guerra que han desangrado Siria. En 2013 el pueblo, a unos 55 kilómetros al noreste de Damasco, fue capturado por el frente Al Nusra, la filial siria de Al Qaeda. “Los que quisieron destruir este edificio procedían de Europa”, maldice el obrero. “Ahora que se fueron de aquí, regresarán a vuestros países y os darán de beber el mismo vaso que nos ofrecisteis”, augura airado.

Es media mañana de viernes y un grupo de trabajadores se afana en remozar unas estancias construidas a partir del 90 d.C. en recuerdo de la discípula de San Pablo que -según los oriundos de Malula- se refugió en la escarpada geografía de la región huyendo de la persecución romana.

Sus restos yacen en el intrincado plano del edificio. La iconografía que albergaban los muros del santuario, la zona más recogida del páramo, luce todavía deshecha, con los rostros cercenados por los yihadistas. Durante algunos meses, las 12 monjas que residían en el convento y regentaban un orfanato permanecieron secuestradas. Un canje les devolvió la libertad pero las alejó de Malula.

“Nos quedamos atrapados en mitad del ataque. Estuvimos escondidos durante tres días y luego aprovechamos para escapar hacia Damasco”, rememora Rita Wahbi, una treinteañera que guarda junto a su familia el monasterio de San Sergio y San Baco, uno de los más antiguos de la cristiandad. El fragor de la batalla y la ferocidad de los invasores se cebaron con la capilla, levantada en el siglo IV d.C.sobre las ruinas de un templo pagano.

Pocos han decidido regresar
Desde que las tropas de Bashar Asad recuperaran el enclave en abril de 2014, la restauración ha obrado el milagro de revivir sus castigadas entrañas. Pese a los esfuerzos por resucitar la joyas del feudo del arameo, Malula es un pueblo fantasma. “Hay muy pocos habitantes que hayan decidido regresar. Algunos se fueron a Canadá, Australia y Europa”, confirma apesadumbrado Ángel, hermano de Rita. La huida también ha herido de muerte los intentos de preservar la lengua que desafió al griego, el latín y el persa y predominó en Oriente Próximo desde el siglo VIII a.C. Prueba de su hegemonía, llegó a ser el idioma en el que negociaron los reyes de Judea y Asiria ante el muro de Jerusalén.

Las vicisitudes del tiempo y sus conquistadores acabaron reduciendo su territorio a los límites de Malula y dos villas cercanas, Bakhaa y Jubaadin. “En total somos unos 20.000 hablantes“, calcula Sarkis, un mercader que solía ganarse los cuartos vendiendo reliquias y postales a los turistas que peregrinaban por sus hoy desiertas calles.

“Me quemaron la tienda. Vengo los viernes para ir arreglando poco a poco los desperfectos y luego regreso a Damasco”, desliza sentado junto a una menguada parroquia masculina en un costado de la plaza que recibe al visitante, dominada por una enseña siria.


Así quedó la iglesia de Santa Tecla tras el paso del Frente Al Nusra

“No desaparecerá”
Tenía una vivienda de tres plantas. Cuando volví, me la encontré derruida, como el 40% de las casas restantes“, narra Nahla Lawandos, un campesino de 63 años que ha optado por alquilar un pequeño inmueble empeñado en resistir allá por donde se extienden sus raíces. “Una parte de mi familia emigró hace tres décadas. Hoy viven en Estados Unidos, Brasil o Colombia. Los que se marcharon han vuelto en alguna ocasión pero sus hijos se han olvidado de todo esto”.

El conflicto y su traumático legado también ha sepultado el instituto del arameo, un ente gubernamental que durante las últimas décadas había batallado para propagar el estudio de una lengua principalmente oral que muchos de sus hablantes no saben escribir ni leer. “Asaltaron sus instalaciones y prendieron fuego a sus aulas”, comenta Munir Wehbe, el peluquero del pueblo.

Los profesores locales de arameo y la legión de investigadores extranjeros que una vez desfilaron por las callejuelas en busca del vocabulario casi extinguido, la pronunciación y la longeva historia de la lengua de Jesucristo no han enfilado el retorno. “No desaparecerá porque se hereda de generación en generación. Sufrimos la pérdida de todo aquel que emigra pero, si su destino hubiera sido la extinción, ya se habría esfumado hace tiempo”, musita Yusef, aferrado a la renovada y tímida esperanza que proyectan las cruces de la aldea de Malula.

ReL

26 diciembre 2017

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