¿Habrá hoy puesto en la posada? – Monseñor Mario Moronta

En relato del nacimiento de Jesús está lleno de situaciones traumáticas e incomprensibles si lo queremos ver desde una perspectiva espiritualista. Partiendo del mismo hecho de saber quién era el niño que estaba en el vientre de María y su forma de concepción, entendemos que es un prodigio de Dios. Por eso, además de ser reconocida por Isabel como “fruto bendito”, es asumido por José, el hombre justo y santo por excelencia, quien corre con todas las consecuencias de su elección. La primera de esas consecuencias es el poder darle a Jesús la descendencia de David. Las demás tienen que ver con los avatares de un embarazo y de un nacimiento con todas las de la ley.

 

Sin embargo no todas las cosas salieron como debían salir. Es convocado a Belén, la tierra de sus padres para empadronarse. Y para allá se lleva a María ya pronta a dar a luz. Nos podemos imaginar las peripecias del viaje, nada cómodo por muchas circunstancias. Y, al llegar a Belén la primera de las grandes dificultades: A María se le acerca el parto. José va en búsqueda de un apoyo, pues al menos si puede, que dé a luz en la posada o en el mesón, como se le solía llamar. Pero la respuesta no se hizo esperar: “para ellos no había puesto ni lugar en el mesón o en la posada”.

 

Pero José no se deja vencer por la adversidad. Ha entendido muy bien cuál es su papel de padre del Niño que viene en pocos minutos. Se dirige a una de las cuevas, comunes en esa zona, donde se solían resguardar animales o donde se refugiaban pastores, o donde también se custodiaban enseres propios de algunos de los agricultores. En una de esas cuevas, insalubre, por ser refugio de animales en las noches frías, lleva a María para que dé a luz al autor de la vida. No tenía cuna, pero en el pesebre, batea donde comían los animales, forrado con algunas pajas y pañales que habían llevado, coloca al recién nacido. No tuvo puesto en la posada, pero puso su morada en lo más pobre de la humanidad para enriquecer a todos los seres humanos. El resto del relato lo conocemos: la alabanza de los ángeles, la adoración de los pastores, la alegría de María, la presencia del Dios humanado en la historia de los hombres. Y José, a su lado, de seguro que con su sonrisa de satisfacción: aún en medio del rechazo y de las dificultades, cumplió fielmente su tarea.

 

Cada año, cuando conmemoramos la Navidad recordamos este episodio. A veces lo podemos reducir a una mera anécdota de la historia que se nos narra. Incluso ha inspirado acciones y ritos de piedad popular (las renombradas “posadas” con las que preparamos la fiesta de la Navidad). Pero, su sentido profundo puede pasar desapercibido. La fiesta de Navidad hace memoria viva de un acontecimiento que ha marcado la historia de la humanidad: Dios sigue haciéndose presente en medio de nosotros, sea por la Iglesia, sea por el ejemplo y testimonio de caridad de los creyentes, sea por la apertura de corazón de tantas personas de buena voluntad… Dios mismo “re-nace” y no sólo en Navidad, sino todos los días de la vida en cada uno de los pequeñuelos que requieren de caridad, atención y solidaridad.

 

Pero sigue dándose el caso de quienes, aún con una fe soberbiamente regodeada se dicen llamar cristianos. No dan posada a quien lo anda buscando para que el Niño Dios re-nazca en medio de nosotros. Para el Niño Dios en muchos lugares y por parte de mucha gente no hay puesto en las posadas o los mesones de la actualidad. ¿Acaso no es eso lo que sucede cuando en nuestros hospitales no se les brinda la debida atención a los enfermos que lo requieren? ¿Acaso no es eso lo que acontece cuando se trata con desprecio a tantos necesitados que encuentran menosprecio y abandono en nuestras ciudades e instituciones? ¿Acaso no sucede eso en nuestras casas e instituciones, cuando derrochamos, aún en medio de la crisis que nos golpea, sin compartir al menos algo con los hambrientos? ¿Acaso no es lo que pasa en nuestra nación cuando se quiere desconocer la grave crisis que ataca a los más pobres? No hay puesto en la posada para el Niño Jesús manifestado en los más pobres: los que de verdad están pasando hambre, los que no tienen los medicamentos necesarios para su salud, los que han perdido la ilusión, los que se sienten menospreciados por los dirigentes políticos de todo color, más bien preocupados por sus propios intereses.

 

A ello hay que añadir la actitud de quienes dicen que no hay puesto en las posadas o en los mesones: esos mismos dirigentes políticos que sólo manifiestan un ansia de poder, los corruptos que se han apropiado de los sueños y futuros de la población, los narcotraficantes que prefieren imponer la ley de la muerte, los contrabandistas y “bachaqueadores” que juegan con la convivencia y bienes del pueblo, los que trafican con personas en las trochas de la frontera, los que, aún considerándose católicos, derrochen sumas millonarias en ceremonias de matrimonios y bautizados y así ofenden la dignidad de Cristo presente en medio de los más pobres, los delincuente y violentos de todo tipo… Para ellos la Navidad es fiesta de rumba y no de amor. Por eso, no dan puesto en las posadas para que re-nazca el Niño Dios.

 

¿Qué debemos hacer los discípulos de Jesús? Ni cortos ni perezosos debemos ser como José. Dar abrigo y consuelo a tantos Niños Dios que re-nacen hoy en día. Hacerlo en el mesón de nuestros hogares y comunidades, con solidaridad pero no con lástima; con fraternidad y con la alegría de saber que se comparte lo que se es y se tiene. Aunque no haya puestos o lugares en los mesones de la sociedad, en cada uno de nuestros corazones, hogares y comunidades debe existir la pequeña cueva o portal de Belén para seguir recibiendo a quien se hizo hombre para salvarnos. Lo hacemos cada vez que lo realizamos con uno de los más pequeños, cualquiera que sea su credo o ideología. Lo hacemos posible si actuamos en nombre del amor de Dios. Lo hacemos de verdad si tenemos conciencia. Como José, de que nuestra fe tiene en las puertas del amor la posibilidad real de recibir, acoger y dar posada al Niño Dios en quien lo necesite. No es un desafío. No es un desiderátum. Es un compromiso que brota de nuestra vocación de discípulos misioneros de Jesús.

 

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal.