Default y destrucción del bolívar en pro del totalitarismo – Jesús Alexis González

Iniciemos subrayando una verdad por demás conocida (y callada): Hugo Chávez estimuló (1) una profundización de la presencia del Estado en el sector productivo, (2) un control del mercado como mecanismo de distribución de lo producido, y (3) la tutela de la tierra; en un accionar que mostraba sin tapujo (disimulo con que se disfraza la verdad) la intención política de su naciente gobierno (que continúan transitando con mayor nivel de incoherencia) más allá de la hueca expresión de socialismo del siglo XXI, ya que en realidad la aspiración soterrada era (y es) avanzar tanto hacia la mutilación de las libertades económicas como a la centralización del resto de las actividades, a la luz de una estrategia para alcanzar la propiedad estatal de los medios de producción en un contexto propiciador de la subordinación económica del pueblo y de la dependencia y sumisión política en tránsito a la instauración de un régimen totalitario. A tenor de ello, se han apoyado fundamentalmente en las expropiaciones y nacionalizaciones (todavía en 2017 “expropian” panaderías), en la inflación con la finalidad de propiciar una pérdida creciente en el valor del bolívar y restarle su función de medio de cambio, y en el racionamiento en torno a un Comité Local de Abastecimiento y Producción (CLAP) siendo una figura similar a las fracasadas Juntas Vecinales de Abastecimiento y Precios impuestas en Chile bajo el mandato de N. Allende.

 

La hiperinflación venezolana (con perfil de exclusividad mundial), es a todas luces una estrategia de los “socialistas del siglo XII” para propiciar el colapso de la economía (como en efecto lo están logrando) mediante la destrucción del bolívar, con la finalidad de instaurar un totalitarismo luego de haber pulverizado la moneda (reducir a polvo una cosa sólida) al igual que dejar caer el valor de los bienes privados al tiempo de inducir pobreza y miseria, momento a partir del cual la sociedad se hace dependiente del Estado. Así expresado, y en contrario al pensamiento común, la pobreza se convierte en el arma vital del totalitarismo para propiciar la degeneración de la democracia (pasar a un estado peor del original por perder progresivamente cualidades que tenía) utilizando la impresión de moneda en pro de la descapitalización de las empresas productivas (la inflación desestimula la inversión de capital a largo plazo), y, de tal modo, estructurar una sociedad y economía de control total en un contexto de confiscación de la riqueza.

 

A tenor de lo expresado, vale citar a Lenin: “Por un continuo proceso de inflación, los gobiernos pueden confiscar, secretamente y de manera inobservada, una importante parte de la riqueza de los ciudadanos. No hay una manera más sutil, ni medio más seguro de destruir la base actual de la sociedad, que mediante la destrucción de la divisa. El proceso envuelve a todas las fuerzas escondidas de las leyes económicas en el lado de la destrucción, y lo hace de tal manera que ni un hombre entre un millón es capaz de diagnosticar”. Por su parte, J.A. Schumpeter (economista austro-estadounidense, profesor de la universidad de Harvard hasta su muerte y ministro de Finanzas en Austria) advirtió que la inflación puede conducir a un mundo asfixiante de políticas económicas totalitarias.

 

El totalitarismo, y siguiendo a la filósofa judío-alemana Hannah Arendt, se orienta hacia la fusión del Estado y la sociedad y ha sido conceptualizado como la existencia de una lealtad total, incondicional e inalterable a través de la fuerza, las mentiras, la propaganda y el terror en procura de homogeneizarlos en el marco de un “espacio totalitario” con una estructura dual: Partido-Estado, siendo que el Estado se funde en el partido al extremo que “el verdadero jefe de Estado es el jefe del partido”. El partido asume el rol de guiar, controlar y monopolizar la acción política mediante el empleo del terror como arma política y de la propaganda como estrategia, en aras de destruir la memoria colectiva. El terror, donde todo es posible, constituye la esencia de la dominación totalitaria expresada en la destrucción de (1) la personalidad jurídica entendido como la desarticulación y exterminio de la voluntad individual hasta hacerlos sentir como personas sobrantes e incapaces de articularse en torno a una causa colectiva para exigir sus derechos; (2) la conciencia moral equivalente a perder la posibilidad de elegir entre el bien o el mal moral; y (3) la individualidad que hace referencia a exterminar totalmente la voluntad humana de iniciar algo a partir de sus propios recursos.

 
Reflexión final: Permítasenos una referencia histórica sobre la maligna hiperinflación, habida cuenta de haberse instalado en Venezuela. En la Alemania de 1922-1923, cuando la hiperinflación disparó los precios de forma escalofriante desde un aumento de 3.670% en enero 1922 hasta 278.500% en enero 1923; Max Bern, un anciano, gastó sus ahorros de toda la vida en un pasaje de tren, después de ese último viaje, se encerró en su apartamento y murió de inanición.
Tristes historias como la anterior, ya son habituales en Venezuela y evitar que continúen pasa por interrumpir la dominación totalitaria mediante una articulación colectiva de ciudadanos con su voluntad individual recuperada, al haber asumido como válido que el terror es el alimento de la bestia y que igualmente el principal objetivo del Príncipe no es tanto hacer el bien, sino mantener el poder. (Maquiavelo)

 
Economista Jesús Alexis González
19/11/17

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