La revolución que fracasó – Carlos Canche Mata

Ayer 7 de noviembre (25 de octubre, según el calendario vigente en otros países europeos) se cumplieron 100 años del triunfo en Rusia de la Revolución Bolchevique de 1917, encabezada por Lenin, quien afirmó que “la revolución de los días 6 y 7  ha abierto la era de la revolución social…el movimiento obrero, en nombre de la paz y el socialismo, vencerá y cumplirá su destino”. No fue así, la revolución que nació en aquellos “días que estremecieron al mundo” (John Reed) fracasó, tuvo un fin (1991) muy distinto al profetizado por su principal protagonista.

La revolución bolchevique tuvo su piso ideológico en el marxismo, que predecía que el capitalismo, régimen basado en la propiedad privada de los medios de producción, estaba condenado a su autodestrucción por sus contradicciones internas (“teoría del derrumbe”) y a ser sustituido  por una nueva sociedad, la sociedad comunista, en la que se consagraría la propiedad social o colectiva de los medios de producción. Se sostenía, apoyándose en la teoría del valor-trabajo y en la teoría de la plusvalía, que una concentración empresarial incrementada en el capitalismo generaría una mayoría de asalariados explotados que se irían empobreciendo en una miseria creciente (“teoría de la pauperización progresiva”). La sociedad se escindiría en dos clases, la burguesa y la obrera. El proletariado, clase mayoritaria, aceleraría, por la violencia, el entierro del capitalismo, por lo demás ya dispuesto por la historia.

Edward Bernstein, entre otros, en su obra “Las Premisas del Socialismo y las Tareas de la Socialdemocracia”, publicada en 1899, rebatió dogmas y tesis del marxismo. Cuestionó la “teoría del derrumbe” porque el capitalismo estaba demostrando que era capaz de autocorregirse, de adaptarse a los cambios y sobrevivir. Cuestionó como falsa la “teoría de la pauperización progresiva” porque, a diferencia del capitalismo que conoció y analizó Marx, en el nuevo capitalismo evolucionaba una situación en la que los trabajadores mejoraban ostensiblemente sus condiciones de vida. Cuestionó la supuesta polarización de la sociedad capitalista en dos clases, porque la realidad mostraba que, entre la burguesa y la obrera, se formaba una numerosa y diversificada clase media y aparecían diferencias sociales (ahora acentuadas por la revolución tecnológica) en el seno de los propios asalariados. Cuestionó, en fin, que gracias a la democratización del Estado, al rol activo de los sindicatos, a la existencia de legislaciones sociales avanzadas y de regímenes de seguridad social, el capitalismo iba teniendo progresivamente un rostro distinto al que tenía en la época de Marx, lo que posibilitaba que los cambios no se logren necesariamente por el uso de la fuerza y la violencia.

Lo que ha pasado después, es historia conocida.  El capitalismo sigue vivo y en proceso continuo de reformas internas impulsadas por los cambios tecnológicos. En cambio, el comunismo desapareció, per se, en la “madre patria” Rusia, y sobrevive como tal en Corea del Norte y Cuba, mientras que China abre su economía al mercado, aunque conservando su dictadura política de partido único. En Venezuela, lamentablemente, unos revolucionarios de a pie fingen creer en una doctrina que no conocen y están llevando al país a un desastre monumental, ya insostenible.

Si la política no es ajena a lo inevitable, el fin no tardará.

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