Delincuencia electoral y crisis – Carlos Canache Mata

La delincuencia electoral se ha instalado en Venezuela. Las dictaduras totalitarias o las que se les parecen, siempre ganan elecciones. Solo cuando están desprevenidas por creer que no las van a perder, es que las sorprende la derrota.  Los candidatos del PSUV a gobernadores regionales sabían que había un CNE sumiso, pero prefirieron que Nicolás Maduro, repudiado por el 85% de los venezolanos, no los acompañara en las jiras de la campaña electoral que culminó con las votaciones del 15 de octubre, temiendo que una ostensible compañía física suya pudiera perturbar la taumaturgia del fraude electoral planeada por las famosas cuatro rectoras del CNE.

El presidente del Parlamento de la Unión Europea (UE), Antonio Tajani,  acaba de pedir que “no tengamos miedo de denunciar situaciones inaceptables como las que se viven actualmente en Venezuela”. Aludía no solo a la estafa electoral que se  ha hecho a los venezolanos, sino también a la tragedia económica y social que martiriza al país.

El FMI, en su último Informe, prevé que, tras la contracción del 16.5% el año pasado, la economía venezolana se contraerá en 12%  este año 2017 y 6% en el 2018. La inflación, engalanada con récord mundial, se encamina a la hiperinflación, estimándose que en el precio de los alimentos ya llega al 900%. Según la reputada información del Cenda, la última conocida al momento de escribir este artículo, la canasta alimentaria se ubicó en el mes de septiembre en un costo de Bs 3.901.076,04, y que la variación anualizada para el período septiembre 2016-septeimbre 2017 es del 619,2%. El dólar paralelo parece no tener techo. El hambre acecha y la diáspora se ha llevado fuera del país más de 2 millones de compatriotas. PDVSA, que producía más de 3 millones de barriles diarios de petróleo antes del acceso del chavismo al poder, ahora, según el último Boletín Mensual de la OPEP, produjo en  septiembre 1 millón 890.000 barriles por día. La industria y el sector agrícola atraviesan profunda crisis, sin que puedan realizar eficientemente sus actividades porque desde agosto no hay adjudicación de divisas por el sistema de Divisas Complementarias (Dicom), y si  recurren al dólar del mercado no oficial, la estructura de costos los obligaría a aumentar los precios, reforzándose la inflación. La escasez y desabastecimiento de productos en el mercado cada día son más acentuados.

En el área social, la crisis alcanza cotas preocupantes. La educación confronta problemas de matrícula, de deserción, de calidad, de enseñanza de la historia con sesgo ideologizado en los niveles medio y primaria, en tanto que se hostiliza presupuestariamente al sector universitario. En la salud hay un regreso letal de enfermedades, epidemias y endemias que habían desaparecido, grave deterioro de la infraestructura hospitalaria, escasez de medicamentos en un 90%, con la consecuencia de aumentos en las tasas de mortalidad general e infantil. La inseguridad campea en todo el territorio nacional.

La apretada síntesis anterior, que coloca al país en una de las peores crisis de su historia, conduce a concluir que el pueblo venezolano no podía darle un triunfo electoral a los que, además, protagonizan una dictadura. Así lo pronosticaban todas las encuestas. El oscuro milagro electoral que ocurrió el 15 de octubre, solo puede hacerlo el fraude.

 

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