Cecilio Acosta, entre la historia y el porvenir – Horacio Biord Castillo

En 1856 Cecilio Acosta escribió un denso ensayo sociológico sobre política, economía y educación titulado “Cosas sabidas y cosas por saberse”. Ese texto se ha convertido en un clásico del análisis sociopolítico de nuestro país. El autor se muestra un tanto emocionado por las posibilidades de la Revolución Industrial y el progreso derivado de la invención de maquinarias que facilitarían el trabajo y los inventos que contribuirían al progreso material y el desarrollo de las comunicaciones, pero también deprimido por la pobreza, a pesar de las inmensas posibilidades que podía atisbar en Venezuela, no obstante los caprichos del caudillaje que se enfrentaba en guerras fratricidas por el poder.

Acosta exclama que “El pueblo triunfa, el pueblo debe triunfar: pongo para ello por testigo, a la civilización, que le ha refrendado sus títulos, y a Dios que se los dio. Él respira, él siente, él quiere, y debe tener goces: él ha sufrido mucho, y debe alguna vez sentarse a la mesa” (p. 273). El concepto de civilización obviamente está eurocentrado. Sin embargo, la reiteración del pronombre personal para referirse al pueblo, un concepto también muy limitado al presuponer una unicidad sociocultural (una sola nación), pero muy en boga en la época, le da un especial sentido y una connotación distinta: el sufrido pueblo, el nunca vindicado. La civilización reconoce los derechos esenciales de la gente pobre y desposeída (el “pueblo”) a quienes Dios, en su visión cristiana, se los ha otorgado. Sentencia el autor que “multiplicados los recursos, y expeditos los órganos, se acerca el momento de paz y dicha para la gran familia de los hombres” (p. 273)

Su visión de la historia implica el triunfo del Bien, un proyecto de futuro, un tiempo ideal de libertad e igualdad: “Las usurpaciones de mando, los desafueros en el derecho, el Yopor el Nosotros, son dramas pasajeros, aunque sangrientos, vicisitudes que prueban la existencia de un combate, cuya victoria ha de declararse al fin por la fuente del poder, por la igualdad de la justicia” (p. 272), afirma Acosta. No deja de ser una posición un tanto ingenua, en la que subyacen al menos dos ideas: la relevancia de la educación y la creencia en una República institucional libre del autoritarismo que tanto daño le hizo a Venezuela y le sigue haciendo, una república sometida al imperio de la ley, un Estado de Derecho que no puede consagrar inequidades de ningún tipo.

Por ello, señala que “¿Qué vale detenerse a echar de menos otros tiempos, si la humanidad marcha, si el vapor empuja, si el torbellino de agitación universal, nadie escucha al rezagado? ¿Quién puede declamar con fruto contra el destino, si es inexorable, si es providencial, si no mira nunca para atrás? ¿Qué son los métodos, las instituciones, las costumbres, sino hilos delgadísimos de agua que son arrastrados en la gran corriente de los siglos? Después de transcurridos algunos de ellos, el que descoja los anales de los pueblos y los hechos, hallará que unos y otros no son más que términos y guarismos de una fórmula, la cual a su vez es componente de otra fórmula más general para siglos posteriores” (pp. 271-272). Una historia y un designio providenciales que, en su percepción, han de terminar por imponerse para beneficio del género humano: “En ese afán sin tregua, en esa lucha del linaje humano, en esa tela de idénticos lizos que él urde con varia labor, se nota una demanda única, un plan seguido, un mismo blanco. Algún día, le día que esté completa, la historia se hallará no ser menos que el desarrollo de los deseos, de las necesidades y el pensamiento; y el libro que la contenga, el ser interior representado” (p. 272).

Acosta insiste en esa idea providencial: “Los sistemas duran, pero no siempre: al fin viene la sociedad con sus leyes, el progreso con su lógica, las ideas con su esplendor, y los sepultan” (p. 271). Una visión optimista se sobrepone a las vicisitudes no solo del presente histórico que le toca sufrir y superar, del agobiante y terrible momento que le toca vivir a Venezuela y en ella a un espíritu sensible y justo como el de Acosta, sino como mandato universal, ley inexorable, los regímenes injustos e inciviles no son eternos, ni representan el fin de la historia o su congelamiento. Volverán, pese a las exclusiones, los execrados en una etapa o nuevos grupos que engendren las difíciles coyunturas.

En tiempos recientes, la caída de la Unión Soviética y de los ensayos que recibieron el remoquete de socialismo real no parecía factible a corto plazo y menos sin una cruenta lucha. No obstante, los sucesos que marcaron una década casi entre 1978 (con la elección de un papa polaco y lo que ello significaba para quienes tras la Cortina de Hierro luchaban en silencio por una apertura) y 1989 (con la caída del oprobioso Muro de Berlín), y en medio de ello el ascenso al poder de Gorbachov, encaminaron la caída de la superpotencia en 1991. Lo imperecedero era solo una aspiración del poder y sus usufructuarios, una construcción ideológica y nada más. Acosta, en su tiempo, pensando en los caudillos y gobernantes de turno sabía, intuía, que aquella situación era superable y que vendrían mejores tiempos. No había que perder las esperanzas, sino alimentarlas y darles fundamento y doctrina. En ello se empeñó el sabio, a ello y nada más dedicó su vida: “Quien aspire a otra cosa, enseñe y persuada; que la luz es la única arma que penetra y no lastima, que conmueve y no trastorna” (p. 266).

Analista del pasado y la sociedad, Acosta afirma: “Tengo la confianza de que la historia no me dejará mentir: el martirio entre hermanos no ha tenido altares nunca; y es porque la sangre de lucha fratricida no se seca, y solo da gloria la que se derrama en lucha nacional. […] Las convulsiones intestinas han dado sacrificios, pero no mejoras; lágrimas, pero no cosechas. Han sido siempre un extravío para volver al mismo punto, con un desengaño de más, con un tesoro de menos” (p. 267). ¿Tendrán oídos y ojos para oír y ver quienes tienen en sus manos, en acto o en potencia, los destinos actuales del país, de esta sufrida Venezuela?

El futuro del mundo y de Venezuela nos aguarda más allá de las vicisitudes aparentemente infranqueables del presente. Delinear un proyecto inclusivo de país nos convoca con la urgencia de las prioridades. Con don Cecilio, podemos afirmar que “La antigüedad es un momento, pero no la regla; y estudia mal quien no estudia el porvenir” (p. 271). Desechadas las utopías del pasado y del presente, un nuevo porvenir, otro porvenir, un porvenir que también requiere utopías como luces que alumbren los caminos posibles, nos espera como ciudadanos y como país, como colectivos y regiones de un mundo más justo.

 

Nota

Las citas corresponden al tomo III de las Obras en cinco volúmenes de Cecilio Acosta. Caracas, Empresa El Cojo, 1907.

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