Los asesinos de Caracas – Mauricio Vargas

El Mindefensa Padrino debe decidir si sigue al lado de los criminales o salva a Venezuela

 El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro; su vicepresidente, Tareck El Aissami, y el líder del chavismo minoritario en la Asamblea, Diosdado Cabello, no solo pasarán a la historia como las cabezas de un régimen que saqueó al riquísimo Estado petrolero, enriqueció a unos pocos privilegiados, empobreció a millones, arrasó con la producción industrial y agrícola y desbarató las instituciones. Ahora, además, pasarán a la historia como asesinos.

 Más de un centenar de manifestantes han muerto en unas cuantas semanas por la represión que ejercen la Fuerza Pública y grupos paramilitares a órdenes de Cabello y El Aissami. La valentía de dirigentes como el detenido y torturado Leopoldo López; su esposa, Lilian Tintori, la aguerrida María Corina Machado o el presidente de la Asamblea, Julio Borges, y muy en especial la de miles y miles de estudiantes que salen a diario a las calles a protestar, mantiene viva la llama contra este gobierno criminal que hace rato se quitó la careta democrática y se mostró como lo que es: una dictadura de bandidos y gorilas

He dicho muchas veces que el desaparecido Hugo Chávez, el papá de la horrenda criatura que hoy mal gobierna a Venezuela, llegó al poder por culpa de la corrupción de los partidos tradicionales, que hastió a los electores y los llevó a buscar una salida desesperada. Pero hace rato que eso dejó de valer como supuesta justificación de los casi 20 años de chavismo, entre otras razones porque los chavistas resultaron más ladrones que sus antecesores en el uso y abuso del poder.

El miércoles, una turba de encapuchados de las milicias paramilitares chavistas asaltó la Asamblea Nacional, que, gracias al voto popular, tiene mayoría opositora. Ante la mirada cómplice de la Guardia Nacional Bolivariana (pobre Simón Bolívar, cómo abusan de su nombre), estos matones golpearon a decenas de diputados de la oposición, periodistas y funcionarios del Legislativo. La respuesta de los gobiernos latinoamericanos, incluido el de Colombia, que por años dejaron crecer al monstruo chavista, fue, una vez más, bastante tímida.

Con la OEA inmovilizada por los votos de Nicaragua, Bolivia, Ecuador y los gobiernos caribeños que han recibido subsidios del régimen de Caracas, no parece que la salida de la descomunal crisis pueda provenir del exterior. Un solo hombre, que manda a decenas de miles de uniformados armados, puede tener la llave. Se trata del ministro de Defensa, el general Vladimir Padrino López: aunque ha criticado a la oposición por utilizar métodos que él considera “terroristas”, varias veces ha condenado la represión violenta y volvió a hacerlo esta semana tras el vandálico asalto a la Asamblea, pues es enemigo declarado de las milicias chavistas.

Como teniente coronel, Padrino fue uno de los oficiales que salvaron a Chávez del golpe de Estado de abril de 2002. Desde entonces, su carrera vino en ascenso hasta convertirse, en 2014, en ministro de Defensa. Sus credenciales chavistas no están en duda. Pero en 2014 se opuso de manera pública a la represión de las manifestaciones opositoras. Y a fines de 2015, cuando la oposición ganó a voto limpio la mayoría de la Asamblea, dejó en claro, a nombre de las Fuerzas Armadas, que ese triunfo debía ser respetado.

Ahora que el ala más dura del chavismo quiere imponerse a punta de violenta represión, el general Padrino tiene que decidirse. O se mantiene al lado del presidente Maduro, que lo ha llenado de poder al darle, entre otras cosas, parte del manejo de la comida y las divisas, o comprende que le corresponde liderar una transición democrática antes que el derramamiento de sangre no tenga retorno. Si hace lo primero, quedará en la historia como cómplice de los asesinos de Caracas. Si toma el segundo camino, se salvará y quizás salve a Venezuela.

MAURICIO VARGAS
mvargaslina@hotmail.com

Tomado de El Tiempo, Bogotá

9 de julio de 2017

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