Venezuela hoy, por Alfredo Coronil Hartmann

Venezuela Hoy

El país que vivimos es extraño, ajeno, hostil, no se parece mucho a Venezuela, porque ha atacado a los valores, alterado o destruido los principios éticos, hecho befa de todo sentimiento de justicia y de simpatía por el prójimo.

¡ESTA REVOLUCIÓN TIENE QUE SER UN ALUMBRAMIENTO!

“Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para el pueblo y para cada porción del pueblo, el más sagrado de los derechos y el mas indispensable de los deberes” Marie-Joseph Paul Yves Roch Gilbert du Motier, marqués de La Fayette, Prócer de la Independencia de los Estados Unidos.

La acción, sin la cual simplemente no vivimos, es esencial, con razón ese coloso político -hoy inexplicablemente olvidado- aclamado en su tiempo, a raíz de un hecho histórico fundamental que lleva, en buena medida su sello personal, me refiero a la victoria aliada en La Gran Guerra 1914-1918, Georges Clemenceau, dijo: “La acción es a la vez el principio, el medio y el fin”. No obstante, sin negar la afirmación de El Tigre, para quienes aspiramos siempre a impedir el divorcio de acción y reflexión, sin dejar de desear que la reflexión preceda a la acción, el emitir diagnósticos en medio de la refriega es muy difícil.

La Historia recoje el diálogo del infortunado Luis XVI con el muy agudo y brillante Duque de La Rochefocault-Liancourt, al recibir la información del asalto del pueblo a la vetusta cárcel de La Bastilla ( el 14 de julio de 1789), el cerrajero frustrado que fue Luis Capeto, alcanzó a balbucear: “Pero ¿es un motín?” “No, Sire, no es un motín, es una revolución.” respondió el duque.

Lo que vemos hoy en Venezuela ¿Que es? No me voy a perder en disquisiciones academicistas, ni a sucumbir a veleidades de politólogo, pero perdónenme ustedes este tatonnement ( la palabra tanteamiento me maltrata el oído) que quizá pretende ocultar mi propia inseguridad al emitir un diagnóstico, los movimientos sociales suelen pasearse por una estrecha y resbaladiza cuerda desde la cual pueden precipitarse a la gloria o al ridículo con gran facilidad.

Venezuela entró con atraso a varías instancias históricas y sería ilusorio emitir un juicio, con aspiraciones de permanencia en estas líneas. Intentando una simplificación: La Guerra Federal o guerra larga, ensangrentó el país y destruyó la obra de institucionalización y ordenamiento intentada por los conservadores y que, retomada, en la segunda mitad del siglo por Guzmán-Blanco, alcanzó ciertos avances, entre ellos sirvió para abrir el embudo censitario de la Constitución de 1830 y afianzar definitivamente el sentimiento igualitario tan tempranamente manifestado por los venezolanos.

El siglo XX empezó a anunciarse en 1936 y vio la luz el 18 de octubre de 1945, esto pudo hacerse, porque previamente un dictador -de verdad, verdad- no un bolsa con ínfulas, había pacificado y unificado al país, creado un embrión de Hacienda Pública y derrotado militarmente, uno por uno, a los caudillos, verdaderos “señores de la guerra” como los conoció la China, que constituían el verdadero poder en Venezuela, para rematar -hombre obsedido por el fantasma de los acreedores externos- cancelando la totalidad de la deuda externa de la República.

Sobre ese legado de Juan Vicente Gómez, cruel, despiadado, leal con sus afectos y con sus odios, fue un ricino necesario,desgraciadamente muy largo. Desde López Contreras a Rafael Caldera II, pudo construirse un país, como toda obra humana, lleno de falencias y desajustes, con etapas brillantes y otras muy desiguales, pero un país viable, reformable, salvable.

El advenimiento de este proceso, que su fundador calificara de “revolución bonita”, bastante kafkiano, representó, desde sus inicios, una aberración impensable, una prédica sostenida de odio y reconcomios deformados y deformantes, que desgraciadamente tenían que dejar huella, el país que vivimos es extraño, ajeno, hostil, no se parece mucho a Venezuela, porque ha atacado a los valores, alterado o destruido los principios éticos, hecho befa de todo sentimiento de justicia y de simpatía por el prójimo.

Me siento -y perdónenme la paradoja- adoloridamente feliz, el dolor es inevitable ante el baño de muerte y vejaciones que padecemos, ante los niños, adolescentes y adultos, sacerdotes y seglares, golpeados, torturados, violados, masacrados por los escuadrones de estos alienígenas fanatizados, indignos del gentilicio, que con saña insaciable, verdaderos Nosferratus emboinados, se ceban de la sangre del pueblo.

Pero feliz, hondamente feliz, porque Venezuela no había muerto, la tenían secuestrada, encadenada, amordazada, pero está viva. Gloriosa la vemos, con un violín o una Molotov, rescatando la Patria, la verdadera, la que nunca ha de morir.

Son venezolanos los muchachos, mujeres, adultos y niños que por ella ofrendan la vida, esperemos que también haya venezolanos entre quienes empuñan las armas de la República y no hayan olvidado como y contra quienes usarlas. Adelante conciudadanos, todo está por hacerse, a ello vamos, ¡ESTA REVOLUCIÓN TIENE QUE SER UN ALUMBRAMIENTO! ¡Por encima de las tumbas, adelante!

Alfredo Coronil Hartmann

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