La muralla de cristal – José Luis Zambrano Padauy

La muralla de cristal

 Hay una meta mágica que se despereza de su letargo. Combate con lo inconcebible y sabe, con tono entero y preciso, hacerse escuchar en la calleja más sombría. Es todo un país que se despertó de su sueño de plomo, con sus kilómetros de latidos admirables y su orgullo ejemplar, para comenzar a andar la senda turbia y complicada por lograr la libertad merecida.
Es un recorrido difícil por descuajar del poder, a quienes no tienen la conciencia justa y les quitan la vida a los inocentes decididos. No resulta común ver a una dictadura entregar su trono mal llevado, de forma apacible y sin quebrantos populares. Por eso cada día se cuentan los fallecidos como un garrotazo en el alma. Los disparos certeros en la cabeza, la muchedumbre confundida y los delincuentes sin oficios pagados por el gobierno —haciendo su cultivo de pánico como agricultores del terror—, nos deja el sabor ingrato de la incertidumbre.
Pero nada parece amilanar ni inmutar al clamor por la justicia. Nos cansamos de los regodeos eternos, las fanfarronadas gastadas y los anuncios televisivos demagógicos del gobierno, para adormecer la valentía. Más de las tres cuartas partes de la población no se creen esas promesas caóticas, mientras la gran mayoría tiene el estómago en el espinazo y los personeros gubernamentales deambulan en la opulencia como en el Palacio de Buckingham.
Estamos en la hora virtuosa por asumir los riesgos. Nos jugamos el cuello por una nación a la que amamos entrañablemente. Por ello las avenidas, abarrotadas de rostros ansiosos por la justicia, se convirtieron en el escenario diario de esta contienda por el arreglo nacional. Se erigieron en la palestra imprevisible para batallar palmo a palmo por el futuro de esta tierra notable y robusta de corazones aplomados.
Existe un entendimiento manifiesto por recomponer la sociedad y vestirla de un gran tricolor unido. La idea fija por recobrar la sensatez de las instituciones y la coherencia de los mejores tiempos. Nuestra bandera ha sido machacada por el socialismo; salpicada por la sangre de los valerosos. Por tal motivo, la fuerza meteórica del pueblo lleva ahora nuevos conceptos y un dinamismo sin treguas.
El tiempo pasa y se rasgan las horas en esta lucha intestina por apagar el caos encendido desde Cuba, en casi dos décadas de infortunios. La esperanza se respira en las prolongadas calles de una Venezuela desfigurada. Ya no hay excusas suplementarias, ni diálogos de pacotilla o brebajes de artificio fabricados por los babalaos, que nos haga atragantar esta inusitada sensación por devolver nuestro país al orden.
Esa fortificación comunista edificada para no perder el dominio —comprando la conciencia de otras naciones y regalando desdichas a los hogares venezolanos como carnada de entretenimiento—, empieza a mellarse y a mostrar un cansancio curtido de realidades. En estos años despiadados, nos hemos sentido como forasteros en nuestro propio país, secuestrado por la mentira importada desde la isla del desencanto.
La muralla de cristal de la dictadura ya muestra sin tapujos y con su trasparencia de hechos inhumanos, que los venezolanos son mancillados en sus necesidades insalvables y que la democracia es una fachada brutal para darse legalidad. El mundo ya lo entiende con mayor claridad y con respiros de lástima.
La muralla no está caída, pero sus quebraduras son evidentes, a costa de la vida de muchos corazones bravíos y, aunque los facinerosos bailen con insolencia sobre nuestra desgracia, la ruleta de la rectitud programada en el cielo tiene el tiempo exacto para llenar de luz a las tinieblas.
  
MgS. José Luis Zambrano Padauy
Director de la Biblioteca Virtual de Maracaibo “Randa Richani”
@Joseluis5571

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