El perpetuo 11A – Aymara lorenzo – En Su Punto

 

El perpetuo 11A – Aymara lorenzo

Los cambios en la historia venezolana generados por los sucesos de abril se mantienen hasta el presente.

Cada año en esta época el tema de lo que ocurrió el 11 de abril de 2002 en Venezuela vuelve a ser asunto de reflexión. Este 2017, cuando se cumplen 15 años, no será la excepción.

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Hablar de lo dogmático del asunto, la violación a la norma constitucional, argumento utilizado durante el gobierno del expresidente Hugo Chávez y también en el del presidente Nicolás Maduro, a pesar de que para algunos la acción cívica de movilización de calle estuvo amparada en el artículo 350 de la Constitución; o de cómo seguidores de Chávez empuñaron armas desde puente Llaguno contra un río de gente que, sin tener certeza del objetivo, atendió el llamado de continuar la marcha multitudinaria hacia el palacio de Miraflores; o de cómo quedaron en evidencia los errores tácticos militares de quienes tomaron la sede del gobierno nacional una vez depuesto el presidente Chávez, no tiene más sentido que volver al pasado a buscar explicaciones que no serán encontradas. La fallida Comisión de la Verdad anunciada para tal fin quedó en el olvido así como su propósito: esclarecer qué ocurrió ese día en el que fueron asesinadas 19 personas y 100 resultaron heridas en la avenida Baralt y en las cercanías a la sede del Ejecutivo Nacional.

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Cada año se revive el luto en los hogares de esas 19 personas asesinadas, sobre cuyas muertes permanece el manto de la impunidad y de una ejecución de la justicia amañada que condenó a ocho funcionarios de la Policía Metropolitana y al comisario Iván Simonovis. Mientras, los llamados “pistoleros de Puente Llaguno” no recibieron sanción alguna.

Mirar el 11 de abril de cara hacia el futuro de Venezuela, como punto de inflexión en la historia de los últimos dieciocho años, que también es la historia de dos gobiernos que progresivamente fueron dejando de un lado la democracia, necesariamente pasa por la reflexión de cada uno de los venezolanos, desde el rol que cumplimos, funcionarios públicos con cargo de elección popular, activistas políticos, de derechos humanos, efectivos militares, comunicadores sociales, jerarcas de la iglesia, por solo mencionar algunos. Pero sin duda todos, con la carga a cuestas de este episodio de la historia.

Para el gobierno el 11A se convirtió en una fecha más de proselitismo que alimenta la historia nueva que viene construyendo el oficialismo en torno a la llamada revolución bolivariana, y que estimula la aparición del “hombre nuevo”, uno para el que no está proscrita la participación en crímenes como el registrado el pasado 19 de marzo, en el que un grupo de seis menores de edad entre 10 y 15 años asesinó a dos efectivos militares en Caracas. Esto sin duda es un grave reflejo de lo que, como país, tenemos por delante.

Ha quedado claro que la aventura de lograr un cambio por la vía de la intervención contra el hilo constitucional ha tenido costos que todavía como sociedad estamos pagando. De cara al futuro la lección, es sin duda, que es la vía democrática la única por la que una sociedad, con un sistema político con las debilidades y fortalezas como el que tiene la venezolana encuentre una salida a la crisis. Claro, si estuviéramos en una democracia.

Como sociedad necesitamos cerrar ciclos, superar los obstáculos que conspiran contra la convivencia sobre la base del reconocimiento del otro, factor fundamental para la reconstrucción. Y sin duda alguna que esta reconstrucción no tiene otro camino que transitar por la verdad.

El compromiso con la verdad pasa por definir un objetivo de país para superar la crisis de valores, que es más profunda que la política y la económica,  que tiene a muchos venezolanos hurgando en la basura para comer algo. Pero la diatriba política ha dejado ese compromiso con la verdad en segundo plano.

A quienes dicen hacer política en Venezuela pareciera olvidárseles que si esta imposibilidad de convivencia que consume al país nos rebasa ellos nos quedarán eximidos de las inevitables consecuencias.

Aymara Lorenzo – Periodista, Profesora Universitaria

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